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Fantasmas Del Ático

viernes, 29 de abril de 2011

A Ti Te Mataré la Última

Estrés, estrés, estrés.

Lengua, inglés, física, mate, historia, lengua, inglés, física, mate, historia…

Todo gira entorno a lo mismo. Exámenes, trabajos, clases. Hay nueve meses de curso. Nueve malditos meses. ¿Y los profesores son tan ineptos como para no hacer un buen calendario escolar? No es suficiente la selectividad, no. También tenemos que tener antes dos semanas infernales con las cuales sabes que vas a acabar agotado.
Me dan ganas de coger el calendario y comenzar a arrancar hojas. Una detrás de otra. Hacer desaparecer los días como si fuesen los pétalos de una margarita.

Deshojando margaritas. Deshojando calendarios.
Deshojando margaritas. Deshojando calendarios.

Pero esa solución no existe. Por eso estoy aquí, en la entrada del instituto, con My Chemical Romance sonando en mi iPod, la capucha de mi sudadera negra puesta y una pistola en la mano.

Somos estudiantes. Es verdad. Pero no somos máquinas de estudiar. Hay una gran diferencia que los profesores parece que no son capaces de ver. El día tiene 24 horas, y por mucho que queramos cambiarlo, eso también es imposible. No hay tiempo material ni para respirar.
Los comentarios de texto en vez de narrar una noticia parece que lo único que saben es gritarte que no sabes buscar las formas verbales, las metáforas o que no tienes ni idea de las estructuras o la tipología textual. Se ríen de ti viendo como sufres buscando ejemplos o decidiendo si es una subordinada sustantiva o advervial.
Llega un punto en el que hasta los soldados y los reyes que se estudian en historia comienzan a hablarte para decirte que por más que estudies, no es compatible aprenderse Nietzsche y las 525 fechas importantes del siglo XX. Te dicen que no vale la pena, porque cuando llegues al examen en vez de escribir que el ferrocarril se creo en tal año, o que Cánovas pensaba tal cosa, escribirás que lo único que importa es el perceptivismo de Ortega ya que la visión del mundo depende del punto de vista de cada uno.
Y así con cada una de las asignaturas que constituyen nuestro curso.

Lengua, inglés, física, mate, historia, lengua, inglés, física, mate, historia…

Estrés, estrés, estrés.

Hay algo que sí se puede hacer. Y por eso estoy entrando en el pasillo de los profesores. Hoy tengo ganas de matar a alguien. ¿Y quién mejor que a aquellos que nos quitan el oxigeno a cada segundo?

Estan todos ahí, tranquilos, hablando mientras se ríen y toman café. Pero dicen que quien ríe el último, ríe mejor.

Entro. Todos me están mirando. Levanto la pistola. Primero caerá la profesora de inglés. Gritan, pero la música no me permite escucharlos. Solo veo expresiones de terror y palabras silenciosas que salen de sus bocas. No quieren morir. Pero nosotros tampoco. Y sino desaparecen ellos, desapareceremos los estudiantes porque acabaremos en algún psiquiátrico alejado de la mano de Dios, porque después de estar hasta las cuatro, las cinco o las seis de la mañana estudiando… esa persona que se sienta delante de la pizarra con aires de superioridad, te pone un cuatro en el examen, suspendes y tu esfuerzo no ha servido para nada.

Disparo. Cae la de inglés. Disparo. Cae el de historia.

La profesora de ampliación de inglés me está diciendo algo. La miro sin ningún tipo de emoción en el rostro. Leo sus labios. “Por favor, no nos mates”. Una sonrisa amarga se dibuja en mi cara. Entonces, la respondo:

-         Como me caes bien… a ti te mataré la última.

Y sigo disparando hasta que toda la habitación queda con total ausencia de movimiento.




Princess_of_Hell

martes, 26 de abril de 2011

Kiss Me (VIII)

Antes de poder reaccionar a mi propia contestación e intentar no dejar mis sentimientos en evidencia, llegamos a un aparcamiento lleno de coches, padres estresados, niñas disfrazas y con un ambiente cargado de ilusión. Nos bajamos del coche a la vez, y dijo precipitadamente.

-         Coge sitio. Nos encontraremos cuando termine todo. Tengo que vestirme.

Y se fue con las mejillas sonrojadas y la mirada clavada en el suelo sin dejar si quiera que la contestase.
Suspiré resignado y caminé con tranquilidad hacia el interior del auditorio. Era normal, sin ningún adorno pomposo, con un ejército de sillones rojos colocados en semicírculo alrededor de un gran escenario de parqué que estaba oscuro y vacío. Me senté en la zona central para asegurarme de poder verla en todo momento. Más o menos, después de quince minutos de espera, aguantando a todos los padres armados con cámaras de video que no dejaban de parlotear a mi alrededor, el escenario se iluminó y todo quedó en un silencio sepulcral, que duró segundos, pues en cuando el parqué se llenó de niñas pequeñas, muchos comenzaron a gritar. Eran niñas que se movían de forma desordenada. El siguiente grupo, seguían siendo niñas, pero esta vez iba vestidas de sirenas. El siguiente de duendes. Cuando llegó el turno de las medianas, los vestuarios cambiaron considerablemente. Eran más modernos, más llamativos, pero seguían siendo sutilmente infantiles. Y al final, por fin, después de tres cuartos de hora de espera, les llegó el turno a los mayores. Por lo que había escuchado a unos chavales que estaban dos filas por delante de mí, eran tres grupos los que quedaban por bailar, y al parecer se rumoreaba que el último iba a ser una especie de espectáculo diferente al resto de coreografías, que a mí entender, eran bastante pobres.

Cuando se apagaron las luces y anunciaron el último baile, tuve que esperar, intuir o simplemente llegar a la conclusión más lógica, de que le tocaba bailar a Tess puesto que no había aparecido anteriormente. Todo quedó en un auténtico silencio cuando comenzó a sonar la música de la película de Dirty Dancing. Un chico alto, con una camisa negra medio desabrochada apareció como protagonista bailando los primeros compases de la canción junto a la voz del cantante. Desde atrás, delgada, con soltura y moviendo las caderas al andar de una forma fluida y controlada, apareció ella. Tess. Madre, parecía… yo no sé que parecía. Llevaba un vestido blanco extremadamente ajustado que le marcaba cada curva de su cuerpo. Se acercó al chico, se miraron fijamente, y este último le invitó a bailar. Se movieron ajustando sus movimientos a las voces de la canción, empezaron a entrar más bailarinas en escena, las luces perdieron intensidad, y con un cambio de música… hicieron un figura en el aire que me dejó sin respiración solo de pensar que mi querida Nalla podría caerse al suelo. La nueva música no era romántica. Al contrario, desprendía rabia, ira, fuerza e incluso un pequeño sentimiento de lujuria que ellos consiguieron interpretar a las mil maravillas. ¿Cómo? Pues Tess salió corriendo al otro lado del escenario mientras que en medio del camino hacía una voltereta lateral junto con sus compañeras. El chico desconocido se quitó la camisa y se quedó con una camiseta ajustada sin mangas de color rojo. Fue detrás de ella como enfadado, disgustado, desesperado y cuando la alcanzó, cogió su vestido blanco y se lo quito. La prenda salió volando por los aires quedando olvidada en un rincón. Tess, interpretando estar ofendida, se alejó de él. Un foco la iluminó solo a ella. Tenía un pantalón vaquero muy cortito y un top que le tapa lo justo como para dar paso a una gran imaginación. Estaba casi sin ropa… el pelo le caía alborotado por la espalda casi desnuda y los pasos de baile en solitario que estaba llevando acabo hicieron que me quedase casi sin respiración ante aquella escena. Deseé poder ir corriendo, llevármela lejos de todas las miradas indiscretas y poder besarla. El resto del baile fue una auténtica tortura. Eran movimientos entrelazados con gestos, sentimientos, relatando una auténtica historia de amor. Al final, cuando la supuesta pareja se reconcilia… se abrazan y… se besan de forma superficial. ¡Se besan! Mi humor empeoró por momentos cuando al terminar, todos los chicos de mi alrededor, como si no hubiesen visto a una tía en su vida, se pusieron de pie a gritar, vitorear e incluso a insinuar. No me quedé para ver el saludo que me parecía totalmente innecesario. Salí a la calle realmente enfadado.

******

Estaba contentísima. ¡Me había salido perfecto! Estaba ansiosa por ver qué pensaba Lucan, así que me despedí de Ismael, mi profesor de baile.

-         Me voy que tengo prisa.
-         Muy bien Tess. Lo has hecho genial. – me abrazó con fuerza. – Es probable que lo queramos llevar a competición.
-         Eso es perfecto.
-         Entonces, ¿puedo contar contigo para dentro de un mes más o menos?
-         Por supuesto. Llámame para ensayar.
-         Hecho. Cuídate.

Y salí corriendo a buscarle. Cuando le vi a lo lejos, todo en él irradiaba “peligro”. Su postura, su gesto… hasta podría decir que su aura gritaba que estaba de mal humor. Dejé de correr para acercarme despacio y darme tiempo a averiguar por qué estaba así. Pero no funcionó, porque cuando le alcancé, lo único que había conseguido era estar más confusa que antes.

-         ¿Qué te pasa?
-         No sé, dímelo tú.
-         ¿Yo? Pero tú te crees que soy adivina, bruja o algo parecido.
-         Adivina no, pero un poco bruja sí que eres.
-         ¿Perdona? Creí que era el no se qué sin cabeza. – dije intentando hacer un intento fallido de que cambiase de cara.
-         No. No te perdono. – sonreí.
-         Bueno, vale, pues hoy mis poderes de bruja piruja no funcionan con peces dementes como tú. ¿Puedes hacer un esfuerzo y decirme qué magia extraña he hecho como para provocar tal tormenta apocalíptica como para que tengas cara de querer matar a alguien?
-         Piensa un poco que te va a venir bien. – gruñó.
-         Bueno. Menos humos.

Y me puse a pensar. Entonces se me ocurrió que a lo mejor era la ropa ya que alguna vez me había hecho algún comentario sobre ella.

-         ¿El vestuario?
-         Por supuesto que sí. Pero eso no es todo. – explotó - ¿Qué se supone que hace la chica “doña odio el contacto físico” besándose con cualquiera?
-         ¿Estás celoso?
-         No.
-         Ya claro. Pues como tú dices, invéntate una excusa mejor la próxima vez. Y para tu información, yo beso a quien me da la gana. Un beso es eso, un beso. Y solo tiene el significado que uno quiera darle.





Princess_of_Hell

domingo, 24 de abril de 2011

Fantasía Lunática

Sigo queriendo perderme. Sigo queriendo ir a cualquier calle de cualquier ciudad donde nadie me encuentre. Pero no puedo, algo no me deja hacerlo. Tengo valor, osadía, y me de igual lo que la gente pueda pensar de mí. Por algo vivo en  el infierno, ¿no? Pero me falta algo. Puede que en el fondo sea demasiado realista y vea que es eso, una simple fantasía rota.


Estoy en la playa hundiendo mis pies descalzos en la arena mientras miro al mar y me pregunto cuándo y con qué dirección.
A lo lejos veo una figura. Observo como una chica de mi edad se acerca sin prisa. No la conozco, pero por otro lado se me antoja muy familiar. En el momento en el que nuestros caminos se cruzan, nuestras miradas coinciden. Algo me dice que es ella. No sé cómo pero lo sé, porque cuanto más la miro más convencida estoy. Entonces me doy cuenta de qué es lo que me falta. Locura. Eso es lo que necesito. Un poquito más de locura. ¿Y ella? No sé qué es lo que le falta a ella. A lo mejor es valor… ya que me mira desconfiada.
¿Cuándo? Ahora o nunca. Un reloj imaginario comienza a tomar forma en mi mente marcando el transcurso del tiempo.
Extiendo la mano convencida de que va a seguir su camino, pero me sorprendo al ver que la acepta dándome la suya.
Parece un momento especial, y como en las películas, tenemos banda sonora de fondo. El mar.

-         ¿Hacia dónde?

Pregunta bajito. Sonrío. Es una buena pregunta.
Miro al horizonte intentando recopilar en segundos lo poco que sé de ella. Entonces, recuerdo la torre Eiffel. La que tiene en esa foto que tanto me llamó la atención en su día.

-         París.

La contesto segura. Me devuelve la sonrisa.
Varsovia y Londres tendrán que esperar. Pero no me importa, porque solo tengo un objetivo. Perderme.
Comenzamos a caminar hacia la estación sin soltarnos las manos. ¿Por qué? Porque así ella se asegura de que yo no me voy a ir porque crea que no merece la pena, y porque yo me aseguro de que ella no echa a correr arrepentida.
Compramos los billetes. No nos sentamos juntas, sino una en frente de la otra. Siempre fieles a lo que queremos. Caminar solas por calles desconocidas. Pero entonces… ¿por qué vamos las dos al mismo sitio? Pues por eso. Porque  no nos conocemos. Porque no sabemos nada la una de la otra excepto lo que dicen nuestras historias. Porque somos dos desconocidas. Porque yo iré por una calle. Porque ella irá por otra. Porque nos cruzaremos y no nos conoceremos.
Porque sí, es verdad, queremos estar solas y perdidas, pero siempre ayuda saber que a lo mejor cuando llegues al final de la calle puedes tener esperándote una cara conocida que no te va a juzgar por lo que estas haciendo.
El tren se pone en movimiento.
¿Cuándo? Ahora
¿Rumbo? París.


Mi madre me llama devolviéndome a la realidad. Abandono mi terraza con vistas al campo para ir a ver qué quiere. Mientras tanto le sigo dando vueltas a la película a la que acabo de dar forma y no me parece una idea tan descabellada.

Si ella quiere, no estaría mal irnos algún día juntas  para perdernos en París. Dos perfectas conocidas-desconocidas.

Qué locura, ¿no?

Si quieres... algún día.


[Un locura más como muchas otras. No te la tomes en serio si no quieres.
Simplemente, fue algo que se me ocurrió]

Princess_of_Hell

sábado, 16 de abril de 2011

Kiss Me (VII)

Algo que tenía muy claro es que no podía permitirme llegar tarde. A lo mejor, si intentaba ver la situación desde fuera, podría ser hasta normal su actitud. Pero ese era el problema, que por más que lo intentaba, solo conseguía enfadarme más. Y aunque le diese la razón, había algo en lo que se había equivocado. No era igual que la última vez. Era totalmente diferente, porque por un rato, me había permitido pensar que podría confiar en él. Pero no. Claro que no. Después de todo, y tan ilusa como siempre. Pues tenía claro que ese día, o al menos esa parte de la partida, iba a ganarla yo. No iba a permitirme otro Game Over.
Cogí las llaves del bolso y abrí con ellas la puerta del garaje. Ahí estaba. Mi pequeño trofeo. Un Audi R8 plateado que era todo mío y que sin embargo, tenía prohibido utilizar. Pero en ese momento me daba igual. Mis padres no estaban, los segundos no paraban y teníamos prisa.

-         ¿Qué haces? – dijo mientras se acercaba – Madre, qué cochazo.

No me molesté en contestarle a algo tan obvio. Me acerque, me metí en mi coche y lo saque de esa cueva oscura, fría, gris y desolada donde mi padres lo había tenido prisionero desde que lo adquirí, como castigo a mi osadía.

-         ¿Tengo que intuir que vamos a ir en ese coche?
-         No. Lo que tienes que hacer es dejar de intuir cosas y montarte en él. A no ser que quieras ir andando, claro.
-         ¿Tus padres te dejan coger su coche?
-         No es de mis padres. Es mío. Y como no muevas ese culo tan bonito que tienes a la voz de ya, me voy sin ti.

Creo que por su cara le molestó un poco el cometario, pero desde luego no estaba el horno para bollos. Ni siquiera para galletas.

-         ¿De verdad piensas que tengo el culo bonito? – preguntó mientras se sentaba.
-         ¿De verdad piensas que voy a contestarte a eso?
-         En realidad no. Pero bueno, dicen que la esperanza es lo último que se pierde. Así que… ¿si te hago unas preguntas me las vas a contestar?
-         Pues no lo sé. Dímelo tú. Si según dices, hoy es exactamente igual al otro día, ¿tú crees que te voy a contestar a lo que sea que me vayas a preguntar?
-         Pero no es igual.

Le miré con enfado e indignación.

-         Creo que tienes un serio problema de memoria. El papel de Doris ya está cogido. Hace apenas diez minutos pensabas que era idéntico y ahora dices que no. No te entiendo.
-         Pues ya estamos empatados, porque yo tampoco te entiendo a ti. Bueno a ver, no te me vayas del asunto.
-         No hay ningún asunto Lucan, así que es imposible que me vaya de él.
-         Claro que lo hay. ¿Qué este coche es tuyo? Venga ya. No me lo creo. Entonces qué narices haces utilizando a todas horas el transporte público.
-         No sé si sabrás que para ir por Londres en coche, hay que pagar.
-         Estoy seguro de que ese no es el problema. Si quieres mentirme tendrás que buscar una excusa mejor. Venga, dímelo. Admite que le acabas de robar el coche a tus padres.
-         Mira que eres pesado. Y no es una excusa. Es un hecho. Y no. Es mío. Utiliza las pocas neuronas que tienes para guardar un mínimo de información.
-         Nalla

Respiré hondo, pensando qué hacer. Era una historia muy larga y además pertenecía a ese pasado que había dejado atrás. Pero ahí estaba él, mirándome con un brillo de curiosidad en la mirada difícil de ignorar.

-         Poker.
-         ¿Poker?
-         Lo gane jugando al poker. ¿Contento?
-         Por supuesto que no. ¿Desde cuando juegas tú a eso? ¿Y quién sería tan imbécil como para apostarse una cosa así? – por su tono de voz quedaba claro que no me creía.
-         Hace un año, antes de venir a vivir a Londres, ¿sabes donde vivía?
-         Pues ahora que lo dices no. Nunca me has hablado de eso.
-         Bueno – me encogí de hombros – tampoco me lo has preguntado. En España. En Madrid. – me miró totalmente sorprendido.
-         ¿De Madrid? Pues no tienes cara de ser española. – dijo guiñándome un ojo y haciéndome sonreír al recordar aquella conversación sobre Noruega.
-         Pues sí, de toda la vida. Mi padre, en cambio, sí que es inglés, pero cuando en el viaje del último curso de la universidad fue allí con sus amigos, y conoció a mi madre, no quiso apartarse de ella. Pero bueno, no nos vayamos por los cerros de ubeda. El caso es que mi abuelo materno tenía un problema con el juego y cuando consiguió superarlo, se pasaba todos los veranos, desde que era pequeña, jugando al poker conmigo en la playa. Al principio era un entretenimiento. Cuando aprendí a jugar, nos apostábamos chuches. Con el tiempo, las apuestas fueron tomando algo de importancia, de forma que al final, acabábamos apostándonos dinero. No mucho, claro. Llegó un momento en el que empecé a ganarle de forma limpia. Supongo que podrás imaginar que anteriormente, si ganaba era porque me dejaba. Los faroles se me daban genial, sabía manejar las cartas a la perfección y sabía qué es lo que tenía que apostar en cada momento. En secreto, sin que mis padres lo supieran, me apuntó a un concurso pequeño, sin importancia. Si ibas superando los niveles, podías llegar incluso a participar a nivel internacional con otros chicos. – en esos momentos ya no sabía si Lucan me estaba escuchando o no. Una vez que había empezado, sabía que no iba a poder parar a no ser que llegase hasta el final. – Como es normal, ni mi abuelo ni yo pensábamos que fuese a llegar tan lejos. Pero llegué. Tenía que ir a Barcelona, donde se juntarían personas de todos los países. Y no eran chicos de mi edad. Sino de todas. No recuerdo haber visto a alguien que fuese más joven que yo. Pero para poder participar, necesitaba una autorización de mis padres por ser menor de edad. Tuvimos que contárselo. Se enfadaron muchísimo y me prohibieron asistir. Pero a mí me hacía muchísima ilusión, así que falsifiqué la firma de mi madre y compré un billete a Barcelona.
-         ¿Te fuiste tú sola?
-         Sí, y no me fue nada mal.
-         No, eso ya lo he comprobado. Pero… ¿y el coche?
-         El coche lo gané en una de las partidas que hacíamos por las noches. No tenían nada que ver con el concurso. Eran por simple diversión. Pero claro, nadie me tomaba al principio en serio. Luego con los días las cosas cambiaron. Mi última noche, jugué contra un hombre que daba grima verlo. Tenía el ego demasiado alto y además llevaba unas copas de más. ¿Qué pasó? Que no se le ocurrió otra cosa que apostarse su coche. ¿Y qué pasó? Pues que gané.
-         No me lo puedo creer. – murmuró – Pero… ¿por qué no lo utilizas?
-         Porque mis padres no me dejan. ¿Por qué crees que fue la última noche? Porque mis padres me pillaron, me llevaron a casa y decidieron mudarse. Creían que me vendría bien cambiar de aires. Pero aunque accedieron a llevarnos el coche con nosotros, no me dejan usarlo. Es como una especie de castigo.
-         Increíble. – dijo arrastrando las palabras.
-         Te he dicho que el personaje de Doris ya está cogido.
-         ¿A qué viene eso?
-         A que parece que en tu última palabra, ¡intentabas hablar balleno! – me reí yo sola.
-         Yo no hablo balleno.
-         Eso ya me ha quedado claro con ese intento fallido. – esa vez, nos reímos los dos.
-         Se acabaron las confesiones, ¿verdad? – dijo de pronto serio.
-         Obviamente. Estamos llegando, y aunque dicen que los locos siempre dicen la verdad, no significa que estén obligados a decirla.
-         Te acabas de llamar loca tú sola.
-         En serio, ¿cuántas neuronas se te mueren por segundo? Hace dos días me recomendaste que llamase a un psiquiátrico.
-         Ya querida, pero recuerda una cosa. El amor es ciego, así que cuanto más quieres a una persona, más invisibles se vuelves sus defectos.




Princess_of_Hell

viernes, 15 de abril de 2011

Ganas de Perderse

Harta del mundo, harta de la rutina. Harta de la sociedad que nos ata a unas concretas normas de conducta. ¿Qué pasa si decides faltar unos días a clase? ¿Qué pasa si desapareces unos días de casa olvidándote del mundo y de las obligaciones que te impiden alcanzar esa libertad que tanto ansías pero que se te resiste? Los días son pura rutia. Una rutina que con el tiempo te empieza a ahogar.
Cansada pero insegura. Con miedo. Agobiada.
Sueño con que una mañana en vez de libros, sea dinero e ilusión lo que ocupe espacio en mi mochila negra. Que en vez de coger un autobús con rumbo al instituto, sea un con rumbo a una estación o un aeropuerto. Poder irme lejos, muy lejos, donde nadie me conozca. Olvidar el móvil en algún sitio. Ir hasta París, o hasta Londres, o hasta Varsovia. Cualquier destino de esos me es válido.
Ir a Paris o a Londres y visitar sus famosos cementerios. Esos que me fascinan cuando los veo en fotos. Pasear sola, en silencio entre sus tumbas. Saber que nadie va a encontrarme y que yo no me voy a encontrar con nadie. Estar lejos del ruido, respirar y mirar al cielo sin tener que pensar que la selectividad está a la vuelta de la esquina.
Ir a Varsovia y cumplir uno de mis sueños. Pasear entre las calles descritas en uno de mis libros favoritos. Ver esa ciudad que me enamoro a pesar de su poca popularidad. Navegar río abajo y ver el mar. Pensar en Laura y Andrés, aquellos personajes del libro que me llevaron a cuestionar si todo lo que se decía en él era verdad.
Sí, ojala algún día pueda tener el valor y el dinero suficiente como para olvidar las horrendas normas que dirigen nuestras vidas y coger esa mochila y ese billete para perderme entre las tumbas o las calles de alguna ciudad no señalada en los mapas.

LiBrO:
Algún día, cuando pueda llevarte a Varsovia.
Lorenzo Silva


Princess_of_Hell

martes, 12 de abril de 2011

Kiss Me (VI)

Eran las cinco menos diez y ¡tenía todo por preparar! La cama estaba oculta bajo una manta de ropa, maquillaje, orquillas… la bolsa que tenía que llevarme estaba vacía y Lucan estaba, en teoría, a punto de llegar. La mesa del escritorio podía definirse como decente si no fuese por la tableta de chocolate y el vaso de Coca Cola que había en ella. Llamaron a la puerta. Salí de la habitación descalza, sin parar la música, corriendo escaleras abajo. Ya me le imaginaba alto, perfecto, delante de mi puerta. Cuando abrí, ninguna imagen que se hubiese formado con anterioridad en mi mente había hecho justicia a su imagen. Llevaba unos vaqueros negros italianos, una camisa blanca que hacía contraste con su tez morena, con un par de botones desabrochados que para mi desgracia, dejaban demasiada abierta la puerta a mi imaginación, y el pelo revuelto, descuidado. Estuve a punto de suspirar. Pero solo a punto.

-         Llegas pronto – le dije.
-         Tienes razón. Tendría que haberme retrasado. Las personas importantes siempre llegan tarde.
-         Tú no eres importante.
-         Vaya que no. ¿Has invitado hoy a alguien más?
-         No
-         ¿Has invitado a algún chico alguna vez?
-         No – admití a regañadientes.
-         Pues tú misma me acabas de dar la razón. Soy importante. – sonrió triunfante - ¿Nos vamos?
-         Em… todavía me quedan como diez minutos.
-         Genial. Pues nada, cuando salgas te informo de la comodidad de tus escaleras y de la calidad de los rayos del sol.
-         Sería todo un detalle, pero no tengo prisa. Si te hace ilusión puedes hacerlo otro día. Pasa.
-         Espera, ¿quién eres tú?
-         ¿Cómo?
-         Tú no eres la Tess de siempre. ¿Qué ha pasado con el obseso sexual?
-         ¡Ah! No sé. Supongo que te lo habrás olvidado en casa. – dije como si esa frase tuviese algún sentido – Venga, que tengo prisa.

Subimos. A cada escalón estaba un poquito más nerviosa. Desde que había cambiado la habitación ningún chico había estado en mi casa.

******

¿Qué me lo había olvidado en casa? Esa chica tenía un problema de imaginación.

La sensación  de estar en su casa era… extraña. Cuando terminamos de recorrer el pasillo verde pistacho dejando atrás un jarrón de bambú tan verde como las paredes, llegamos a su habitación. La mitad era muy oscura. La pared estaba vestida con un par de cuadros de Victoria Francés y varios dibujos de diferentes personajes hechos con carboncillo. Me recordaron a los que tenía en la agenda y en su cuaderno, así que supuse que los había hecho ella. Como contraste con la pared casi negra, la otra mitad de la habitación era naranja. Un naranja muy clarito. En medio de aquella pálida pared había un dibujo gigantesco pintado en ella. Era el personaje de una seria anime, pero no supe identificar cual. Las cortinas que cubrían un ventanal que daba a la terraza, eran multicolor, a juego con el edredón. Una de las paredes claritas estaba prácticamente cubierta por estanterías repletas de libros. Lo único discreto lo formaban la mesa, el ordenador y la minicadena, junto con una columna de discos originales.

-         Qué colorido es todo, ¿no?
-         Herencia de mis padres y de la casa. – dijo sin darle importancia.
-         ¿Me estás diciendo que toda la casa está pintada de colores?
-         Claro. Mi habitación, naranja melocotón y morado berenjena. El pasillo verde pistacho, las escaleras y el despacho amarillo limón, la habitación de mis padres tiene el color chocolate mezclado con el gris, la habitación de mi hermana es rosa chicle y el salón y los baños son de color salmón.
-         Oye, ¿tienes hambre?
-          No, ¿por qué? – dijo extrañada  - Qué pasa, ¿Qué no has escuchado nada de lo que te he dicho?
-         Sí. Todo. Por eso te lo digo. ¡Relacionas todos los colores con comida!
-         Ahora que lo dices… tienes razón. –dijo tras meditarlo un momento.

Nos reímos. Comenzó a meter cosas en una bolsa sin parar y un buen rato después, conseguimos salir de la casa después de que volviese hasta cuatro veces a su habitación porque siempre se le olvidaba algo.

-         Un día de estos perderé la cabeza y no me daré ni cuenta.
-         Nalla, el papel de jinete sin cabeza ya está cogido. Y el de bailarina sin cabeza no llama demasiado la atención. ¿Qué haría un bailarín sin su sonrisa?
-         ¿Y tú que sabes de baile?
-         Bastante. Mi hermana está en una academia de esas carísimas en Noruega.
-         Pues no esperes nada de mí. No soy nada del otro mundo.
-         Eso ya lo veremos. No juzgues una película antes de verla.

Tomé dirección centro para coger un bus que nos llevase hasta nuestro destino, pero me sorprendí al ver que Tess no me seguía.

-         ¿A qué estas esperando?
-         ¿Has aparcado el coche tan lejos? Si tenías por aquí muchísimo espacio.
-         ¿Mi coche? He venido en bus.
-         ¿Por qué? – me pareció que si no estaba enfadada, al menos sí estaba molesta.
-         ¿Cómo que por qué? ¿Ya no te acuerdas de la que me liaste la última vez?
-         La última vez fue diferente.
-         A mí me parece exactamente igual.

No sé qué había de malo en esas palabras, pero automáticamente sus ojos, que momentos antes habían estado llenos de luz, de pronto estaban como sin vida. Luego su expresión pasó a algo pareciado al enfado.

-         Sí claro, exactamente igual. Solo con la pequeña diferencia de que hoy es domingo y los buses son casi inexistentes.
-         Pues nada, date prisa que entonces llegamos tarde seguro.
-         No quiero ir andando. – susurró.

Aún así, escuché sus palabras y la conteste:

-         Pues nada, si no quieres andar puedes ir en tu caballo que yo voy andando.
-         ¿En mi caballo? Yo no tengo caballo.
-         Claro que sí Nalla. El del jinete sin cabeza, ¿te acuerdas?
-         Bueno, eso ya lo veremos.

Se dio media vuelta de regreso a casa, pero en vez de ir a la entrada, fue hacia la puerta del garaje. ¿Qué se proponía?


Porque en el fondo sí
existía ese caballo. Para ella, para él.
Lástima que la vida real no sea un cuento de hadas.



Princess_of_Hell

jueves, 7 de abril de 2011

Hipotética Estación

¿Sabes? He estado pensando en ese tren. En el tuyo. En el mío.  En aquella estación de trenes que me dijiste. En esa en la que estamos los dos y a la vez no estamos. En esa en la que hemos hecho muchos intentos frustrados de coincidir. En esa que nunca hemos visto juntos. Porque tú vas en un tren. Porque yo voy en otro. Porque a mí me gusta el rojo y a ti el azul. Porque nos cansamos de esperar o porque siempre  hay algo que nos llama la atención. O porque nos distraemos con el paisaje, o porque simplemente dudamos en bajar. Porque no sabemos si esa es la estación adecuada donde nos tenemos que bajar. Porque nos cansamos de esperar y decidimos coger otro tren justo cuando el que queremos está a punto de llegar.

Sí, he estado pensando en esa estación desconocida donde nunca llegaremos. He estado pensando si de verdad existe o si la hemos inventado nosotros. Y he estado pensando que el destino es muy caprichoso y que a lo mejor… lo que de verdad tenemos que hacer es olvidarnos de la existencia de dicha estación porque en el fondo lo mejor es que nunca estemos juntos.


Princess_of_Hell

miércoles, 6 de abril de 2011

Morado y Verde

Una vez más me sentía frustrada. Una vez más habíamos discutido. Y una vez más se había ido y me había dejado sola. Esta vez habían sido las cortinas. Moradas o verdes. Verdes o moradas. Moradas y verdes. Verdes y moradas. ¿Qué más daba? Las paredes todavía se estremecían ante el eco de los gritos que quedaban suspendidos en el ambiente. Solo tenía el consuelo del silencio, y ni eso, porque en la casa de al lado alguien estaba tocando una melodía de piano, cuya escala de Fa se colaba hasta acompañarme, haciéndome sentir más aislada, estúpida. Una vida con banda sonora.
Las sábanas estaban cada vez más mojadas del agua salada de mis lágrimas al caer, que fluían desesperadas por abandonarme.
La escena se volvió a reproducir en mi mente como en muchas otras ocasiones. Se había convertido en una rutina. Surgía un problema, nos enfadábamos, nos gritábamos, me miraba como si estuviese loca y se marchaba dejándome con la incertidumbre de no saber so iba a volver.

Voy al baño y espero que el agua pueda llevarse todos los sentimientos para al final poder quedarme vacía. Pero el agua que cae fría, muy fría, solo consigue que sea más consciente de mi soledad. Empiezo a temblar, cierro el grifo y me hago un ovillo. Parece que el silencio se niega a hacerme una visita. Gotas periódicas caen produciendo un sonido hueco. A lo mejor es verdad que estoy loca. A lo mejor es verdad que lo mejor es que te vayas y no vuelvas. Puede que sea adicta a tus gritos y a las peleas.

Llaman a la puerta. No quiero ver a nadie, pero el individuo no empático que está tras la puerta no deja de insistir mientras me tortura los oídos. Me deslizo fuera, me tapo con una toalla verde y morada. Río con amargura al darme cuenta de ello. Aún así, me fijo con más atención. Y no. No es morada, tampoco es verde, ni siquiera es morada y verde. Es verde y morada. Por eso creo que al final el color de las cortinas debería ser morado y verde para hacer contraste.

Voy y abro. Me quedo petrificada. No esperaba verle tan pronto. Nunca había vuelto tan pronto. Su imagen me recuerda todo lo que le quiero. Estoy condenada a él porque mi corazón es suyo. Lo decidí en su día y no hay vuelta atrás. Estoy muy quieta. Cuando sonríe me queda claro que no entiendo nada. No huele a alcohol, no huele a tabaco, no está despeinado y su ropa esta impecable.

-         Pensé que te habías ido. – me atrevo a admitir.
-         Sí pero… me he dado cuenta de que prefiero discutir contigo antes de hacer el amor con otra.




Princess_of_Hell

lunes, 4 de abril de 2011

Kiss Me (V)

Me había dicho que le llamase. Habían pasado dos semanas. Dos semanas terriblemente aburridas. Las únicas horas en las que no había estado pensando en todo lo que había pasado eran aquellas en las que había estado bailado, preparando la actuación que tenía el domingo.
Decidí darme un respiro, hacer lo que de verdad me apetecía. Le llamé pensando qué decirle, pero al final no tuve que decirle nada. Nadie contestó a mi llamada.
******
El aire, el olor a humo, la velocidad, el ruido del motor. No existía nada más. Después, más aire, más velocidad, pero recorriendo una carretera solitaria entre los árboles. Mis amigos y yo habíamos decidido ir a la montaña aquel día. La moto era una extensión de mi cuerpo, la cazadora de cuero me protegía del frío y las demás motos me hacían compañía. Llegamos a nuestro destino. Entre los árboles, medio escondida, tímida, estaba la casa de J.J, donde pasaríamos el día jugando al póker y bebiendo cerveza. Cuando entramos antes de dejar la mochila tirada en el sofá con el resto de mis cosas, miré el móvil por pura rutina. Tenía una llamada perdida. ¿De quién? Tess. Hacía una eternidad que no sabía de ella. Pensaba que no me iba a llamar, que no quería saber nada de mí. Aunque siendo realistas, solo habían pasado quince días. Pero había estado demasiado tiempo pensando en ella como para que las horas se pasasen deprisa. Y justo cuando hacía un plan para poder sacármela de la cabeza, ya se encarga ella de acordarse de mí. Salgo, me alejo, respiro, marco su número y espero a que me coja el teléfono. Quien me contesta es nadie. Vuelvo a llamar. Nadie de nuevo. Decidí llamarla una última vez y cuando creía que me iba a quedar sin hablar con ella, noto como descuelga, pero no dice nada.
-         Hola Tess.
-         ¿Te han dado el premio a la pesadez? – dijo un poco enfadada.
-         Cuando se trata de ti siempre consigo los premios a las cosas más desagradables. No sé cómo lo hago pero parece que he encontrado a la persona que está lo suficientemente interesada en mí como para poder fijarse y otorgármelos.
-         ¿Qué has querido decirme con eso?
-         Tú sabrás Nalla, pero supongo que me habrás llamado por algo.
-         Sí, te he llamado, pero no me lo has cogido.
-         Ya, es que no lo he escuchado. Estaba en la moto.
-         Lo que tú digas – dijo desconfiada.
-         ¿Qué querías?
-         ¡Ah! No sé. Llamarte. ¿Y tú qué quieres?
-         ¿Cómo?
-         Pues eso, que ahora me has llamado tú. Supongo que querrás algo.
-         ¡Pero si yo te he llamado porque me has llamado tú!
-         Vamos, que me estás haciendo perder el tiempo para nada, porque no tienes nada que decirme.
-         ¿Estás borracha?
-         ¡¿Qué?!
-         Entonces directamente estás loca.
Y me colgó. Sí, me colgó. ¿Se puede saber qué la pasaba? Sin entender nada, decidí volver, pero dos segundos después sonó el móvil.
-         Te has equivocado. Yo no soy el centro psiquiátrico – contesté antes de que pudiese decir nada.
-         Pasado mañana bailo. Me preguntaba si querías acompañarme.
-         ¿A qué hora?
-         A las cinco en la puerta de mi casa.
-         Vale. Nos vemos el domingo.
Cuando entré en la casa de nuevo, una nube de humo me dio la bienvenida. En el salón, todos estaban alrededor de una mesa color caoba, con una cerveza en la mano y a punto de repartir las cartas. El día transcurrió en minutos cargados de risas, miradas, alcohol, tabaco, apuestas y pizza. Al final, cansados y con la mayoría sin nada en los bolsillos, la conversación se centró en el concierto que iban a preparar algunos de ellos. Hacía medio año que algunos del grupo se habían juntado para formar otro grupo, pero en vez de amigos, de música.
-         Tiene que ser un concierto de verdad. – dijo Marcos.
-         Para eso hace falta gente, mucha gente. – añadió J.J.
-         Pues por eso tenemos que invitar a nuestros amigos. – concluyó Tom.
-         Pues invitar a vuestras novias, y que ellas se lleven a sus amigas, y sus amigas a sus respectivos novios… - Propuse yo.
-         No es mala idea. Vale, Lucan, queda comprobado que hasta borracho eres el que más piensa. – me dijo Marcos dándome un golpe en el brazo.
-         Nosotros a nuestras novias, pero tú a la tuya. – contraatacó Tom.
-         Yo no tengo de eso.
-         Vaya que no. Si te las traes locas a todas. Alguna tendrás por ahí escondida. – siguió insistiendo.
Puede que fuese por la cantidad de alcohol que había ingerido, pero al final acabé confesando la existencia de Tess.
-         Bueno…
-         ¿Quién es? – preguntó enseguida Marcos, el más curioso.
-         Tess.
-         ¿La borde de la clase? – preguntaron todos a la vez.
-         La verdad es que un poco borde sí que es – admití – pero me rio muchísimo con sus excentricidades.
-         Tienes que traerla. – dijo J.J
-         No creo, es muy testaruda. Sería toda una hazaña que accediera a acompañarme a un concierto de visual con unos locos en el escenario intentado hacer un homenaje a Versailles.
-         ¡Oye! Un poco de respeto. De todas formas me apuesto lo que quieras a que consigues traerla. – me tentó Tom.
-         Eso. Tú tráetela, nos la presentas, nos reímos un rato y después nos pides lo que quieras a cambio. – propuso Marcos.
-         De reíros nada. Y de apuestas tampoco. Pero intentaré llevarla si queréis.


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