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    Fantasmas Del Ático

    lunes, 28 de febrero de 2011

    Kiss Me (III)

    Ya hacía una semana que habíamos terminado las clases. También hacía una semana que no veía a Lucan, y también hacía una semana que no podía dejar de pensar en él. En su actitud intermitente, en su aspecto siempre perfecto. Como consecuencia, también llevaba una semana jugando a videojuegos con la esperanza de mejorar mi estrategia en la vida real, y con Avenged Sevenfold inundando mi habitación.
    Ese domingo mis neuronas ya empezaban a resentirse, por eso, cuando sonó el móvil, tuve que pensar más tiempo del habitual en descubrir cómo descolgarlo. No tuve tiempo de decir nada, porque nada más cogerlo, escuché su voz:
    -         En media hora estoy en tu casa.
    Y colgó. ¿En media hora? Estaba loco. Me tumbe en la cama y me quede dormida. Me desperté cuando llamaron a la puerta. Fue una de esas veces en las que te despiertas sin saber muy bien dónde estás, asique estaba totalmente desorientada. Pareciendo más un zombi sacado de una película de terror, que una persona, abrí la puerta.
    Era él. Estaba con un brazo apoyado en el marco de la puerta. Estaba cerca. Estaba demasiado cerca. Si en los minutos anteriores había estado empanadísima, en ese momento no cabía la posibilidad de estarlo.
    -         Vaya querida, qué decepción. Esperaba verte desnuda.
    Imposible. ¿De qué iba? Antes de terminar de ponerme roja, cerré de un sonoro portazo. Volvió a llamar y dijo:
    -         Nalla… lo siento ¿vale? – no contesté - ¡Oh venga! No te enfades.
    Seguí callada, hiperventilando. Tenía a un chico más salido que el pico de una plancha en la puerta de mi casa, mientras que yo no tenía otra cosa mejor que hacer que llevar el pijama puesto.
    -         Escucharme sin enojos,
    Como lo haces, amor es.
    Mira aquí a tus plantas, pues,
    De este corazón traidor
    Que rendirse no creía,
    Adorando vida mía,
    La esclavitud de tu amor.
    Me entraron ganas de echarme a llorar. No sabía si era por la risa que estaba reprimiendo, si era por la impotencia de tener la sensación de que aquella situación me superaba, o si simplemente era porque en el fondo era lo más bonito que alguien me había dicho. Algo se deslizó por debajo de la puerta. Eran dos papeles de forma rectangular. Los cogí. ¿Eran entradas para el teatro? Como si hubiese leído mi pensamiento aclaró:
    -         Esta semana la interpretan en el centro.
    Suspiré y abrí la puerta de nuevo.
    -         ¿Don Juan Tenorio? – pregunte sin acabar de creérmelo.
    -         Pensé que te gustaría. – dijo encogiéndose de hombros, pero algo inseguro.
    -         mmm… vale, espera aquí.
    -         ¿No vas a invitarme a entrar?
    -         ¿Estás de broma? Por supuesto que no. No pienso dejar que un obseso sexual entre en mi casa mientras me cambio de ropa.
    -         Qué borde eres. Reconoce que te encantaría acabar pasando la tarde conmigo entre las sabanas de tu cama.
    -         Ja - Ja – Ja. Dame 10 minutos. – cerré la puerta y fui directa al armario.
    ******
    13 minutos después salió de casa. No pude evitar decirle:
    -         Has tardado tres minutos más de lo previsto.
    -         Dicen que lo bueno se hace esperar.
    Una vez más consiguió sorprenderme. Tenía que admitir que el comentario de antes había estado fuera de lugar, pero había sido bastante complicado encontrar algo que decir que tuviese sentido cuando me había abierto la puerta en pijama, y más cuando ese pijama consistía en una camiseta lo suficientemente larga como para parecer un vestido extremadamente corto.
    Salió de casa y cuando se giró para cerrar la puerta me fijé en su nuevo atuendo. Una falda vaquera y una sudadera negra. El pelo castaño le llegaba hasta la cintura y sus ojos de caramelo dejaban bien claro que eran igual de bonitos pintados que sin pintar.
    -         ¿Qué bus hay que coger para llegar al teatro?
    -         ¿Perdón?
    -         Perdonado. – debí de poner cara rara – El autobús. Que cuál cogemos.
    -         Ninguno. He traído mi coche. – hubiese preferido la moto, pero estaba seguro de que se hubiese negado a montar en ella.
    -         ¿Tu coche?
    -         Claro. No va a ser el del vecino.
    -         No pienso montarme en coche contigo.
    -         ¿Y por qué no?
    -         ¿Y por qué sí? Nadie me puede asegurar que de verdad me lleves al teatro y no me secuestres para fines malvados.
    -         Estás loca. La telebasura ha debido afectarte a las neuronas. – no daba crédito a lo que estaba escuchado. ¿Qué tenía de malo mi coche? – Además, ¿para qué iba a querer gastarme un dineral en unas entradas que no tengo intención de usar? Me hubiese inventado otra cosa, ¿no?
    Se quedó pensativa, para al final acabar diciendo:
    -         Si no vamos en transporte público, ya puedes ir buscándote a otra que te acompañe. – se cruzó de brazos.
    -         P-e-r-fecto. – refunfuñé - ¡Eres una auténtica L 7!
    -         ¿Qué me has llamado?
    -         L 7. ¡Cuadriculada, cabezota, exasperante! – la di la espalda – Vamos antes de que cambie de idea y te meta de cabeza en el coche. Al final llegamos tarde.

    Princess_of_Hell

    sábado, 26 de febrero de 2011

    Tango

    Solo tengo mil palabras sin sentido que dicen lo que pienso pero a la vez no expresan nada.

    Por eso en ocasiones los gestos muestran más que las palabras.




    Princess_of_Hell

    martes, 22 de febrero de 2011

    Kiss Me (II)

    Estábamos en la mejor discoteca de la ciudad. El padre de una compañera de clase era el dueño del local y habíamos decidió hacer allí la fiesta de fin de curso. Tenía al lado a una chica extremadamente irritante contándome cómo la había dejado su proyecto de novio número 7, cuando sonó “A Little piece of heaven” en mi móvil que indicaba que alguien se había acordado de mí mandándome un sms. Fui hasta mi bolso, cogí el teléfono y leí el mensaje.
    [Nalla, ¿sabes que estás preciosa esta noche?]
    No tenía ese número registrado en la agenda, pero no cabía la posibilidad de equivocarse. Era Lucan.
    Todavía recordaba aquellos primeros días de clase, cuando no conocía a nadie porque era nueva en la ciudad. Era normal que encontrase en clase gamberros repelentes, pero nunca había visto a nadie como él. Con Lucan el significado de gamberro insolente cobraba un nuevo sentido. Desde el primer día había conseguido llamar mi atención, pero su actitud me exasperaba. Era imposible que olvidara aquel día cuando el profesor de lengua le cambio de sitio colocándolo a mi lado, ya que no le dejaba dar clase y mi compañera no había venido. Le di las gracias a Dios. ¡Menos mal que sólo fue una clase! Que chico más descarado. Menudo fantasma estaba hecho. Desde ese día, no solo me gane el apodo de Nalla, que no sabía qué significaba, sino también una imagen completa de su cuerpo. Rondaba los dos metros, sus ojos eran verdes, sus dientes perfectos, sus labios comestibles, su pelo tenía una mezcla de castaño y rubio, sus brazos fuertes y las camisetas ajustadas que llevaba le sentaban genial. Era una lástima que fuese tan imbécil.
    Releí el mensaje, y cansada de tanta tontería decidí contestarle. Yo también sabía jugar.
    [Si tanto te gusto, por qué no vienes y me lo dices a la cara]
    Lo envié, le miré, sonó su móvil y nuestras miradas se encontraron. Dos minutos después estaba leyendo su respuesta.
    [Porque si me acero, corres el peligro de que te haga mía para siempre]
    El juego acaba de empezar.
    [Eso habría que verlo]
    ******
    Sí, definitivamente esa chica estaba loca. ¿Me había desafiado? No sabía por qué ya que se había encargado de demostrarme durante el curso que me prefería más bien lejos. De todas formas no esperaría a que me lo repitiera dos veces. Me acababa de dar la oportunidad que llevaba meses buscando. Me despedí de mis amigos, me eché la cazadora de cuero al hombro, cogí las llaves de la moto y me acerqué a ella.
    -         Tengo que repetir lo guapa que estás ¿o podemos pasar directamente a cuando te cojo por la cintura y te saco de aquí para evitar miradas indiscretas?
    -         Contigo la discreción es misión imposible, pero estoy de acuerdo con eso de marcharnos.
    La sonreí. Tan directa como siempre. Me fascinaba la habilidad que tenía para meterse conmigo en cada frase que pronunciaba.
    -         En ese caso las señoritas primero. – le pasé el brazo alrededor de la cintura.
    -         ¿Qué haces? No recuerdo haberte dicho que estuviese dispuesta a dejar que me toques.
    -         Tampoco has dicho lo contrario.
    -         Creí que era bastante obvio, por lo que decidí saltarme esa parte. – parecía enfadada – Lo siento, pero aquí las normas del juego las pongo yo.
    Ninguna chica me había hablado así antes. Por lo general todas aceptaban todo lo que decía sin más. Levanté las manos con cara inocente.
    -         Como quieras. Pero no me comas.
    -         ¿Tengo que reírme? – dijo mientras levantaba una ceja.
    -         No. Solo era un consejo. Con lo pequeñita que eres podría provocarte una indigestión.
    Si añadir nada más, se dio la vuelta y se fue. La seguí con el convencimiento de que tendría que cambiar mi actitud. La fachada que triunfaba con todos, a ella la ponía de mal humor. Decidí dejar de hacer el imbécil y esforzarme en ser yo mismo. Tess me gustaba de verdad. Quien no arriesga no gana.
    ******
    Salí a la calle satisfecha de mí misma. Acababa de ganar el primer asalto.
    -         ¿Te gusta el café? – me preguntó.
    -         Prefiero el chocolate, ¿por?
    -         Porque dada tu forma de ser, antes de invitarte a dar un paseo en mi moto, creo que tengo más posibilidades de acertar si te invito a un café. – sonreí al escucharlo.
    -         Vas aprendiendo. ¿Se te ocurre a dónde podríamos ir?
    -         A 5 minutos de aquí está Covent Garden. Allí seguro que encontramos algo que te guste.
    Tenía que reconocerlo. El había ganado el segundo.
    Media hora más tarde, ya tenía mi chocolate caliente frente a mí y una sonrisa de felicidad en la cara.
    -         ¿Puedo preguntar por qué te dedicas a evitarme? Es algo bastante molesto.
    -         Entonces ¿por qué tú sigues perdiendo tu tiempo en molestarme? – pregunté.
    -         Bueno, soy bastante cabezota.
    -         Ya somos dos. – admití – Si me permites un consejo, el problema es tu actitud. Tienes una forma de ligar bastante… prehistórica.
    -         Jajaja. ¿Tú dándome consejos? Perdóname Nalla. – me guiñó un ojo y añadió – Si quieres puedo mostrarte mi gran don oculto para conquistar a una mujer.
    -         ¿Estás de broma? – parecía que se estaba riendo de mí.
    -         Para nada. Yo no bromeo con eso. – se puso repentinamente serio - Si me lo permite vuestra merced, os dedico los siguientes versos:
    Tu presencia me enajena,
    Tus palabras le alucinan,
    Y tus ojos me fascinan.
    Me quedé sin palabras, anonadada, y de pronto al darme cuenta de lo absurdo de la situación empecé a reírme.
    -         Me ofende señorita.
    -         ¿Has leído don Juan Tenorio?
    -         Al igual que tú por lo que veo. – cambio de gesto - ¿Por qué te gusta el chocolate? – cambio de tema radical. ¿Era bipolar?
    -         No sé, me encanta su sabor. Se podría decir que soy adicta al chocolate.
    -         Supongo que prefieres el negro.
    -         ¿Cómo lo has sabido? – pregunte sorprendida.
    -         Lo he intuido. Es que dada tu actitud, no quedaba otra. Cualquier otro tipo de chocolate es demasiado dulce para ti. El amargo te viene que ni pintado.
    -         Eres idiota. – me cogió el bolso - ¿Qué haces?
    -         Bueno, ya que has descubierto que no soy un inculto como pensabas, tengo derecho a descubrir algo tuyo.
    -         Que te sepas un par de versos no significa… - no me dejó acabar la frase.
    -         ¿Por qué llevas post-its en el bolso?
    -         Por si necesito apuntar algo. – dije mientras me encogía de hombros.
    -         Pues apúntate esto.
    Cogió el bolígrafo de Victoria Francés y comenzó a escribir algo. Despegó la hoja y se la pego en la boca. En ella ponía:
    [Kiss me]
    Abrí mucho los ojos por la sorpresa. El se empezó a reír de mi expresión y me contagió la risa. En ese momento la puntuación era 2-1 a su favor.
    Se empeñó en acompañarme a casa, y cuando llegamos a mi portal nos quedamos callados. Al final decidí preguntarle:
    -         ¿Qué significa Nalla?
    -         Amor mío.
    Perfecto, antes de estropear nada era mejor que pasásemos del asunto, asique confesé:
    -         Me lo he pasado muy bien. Reconozco que me has sorprendido.
    Cuando levanté la vista, me quede hipnotizada, perdida en ese color verde.
    -         Nunca he conocido a nadie que me intimidase tanto como tú.
    -         ¡Qué dices! Pero si yo no intimido a nadie. – era lo que pensaba - ¡Mírame!
    -         Mirarte es lo que más me intimida.
    Una vez más me quedé sin saber qué decir. Se acercó y me beso en la frente.
    -         Te llamaré. – sonó a promesa.
    Sin decir ni hacer nada más, se dio media vuelta y se fue desapareciendo por una calle paralela a Picadilly Circus. Tuve que reconocer que había perdido 3-1. Unas palabras se formaron en mi mente.
    Game Over
    Desde luego, algunas apariencias engañan.


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