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    Fantasmas Del Ático

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    miércoles, 23 de marzo de 2011

    6 - Sin Finales Bonitos

    Continuación de la historia de un "Fin de semana de Buceo". Capítulo anterior:




    Aquella tarde, cuando llegué al apartamento, me dejé caer en la cama. Habíamos llegado a puerto, recogido todo el equipo y el restaurante había comenzado a dar vueltas a mí alrededor por culpa de la siesta en el barco. Diez escasos minutos después, sonó mi móvil. Mi padre ya estaba dormido. Era Stefan.

    -         ¿Bajas un rato a la piscina?
    -         ¿Estás loco? Planeas matarme de cansancio, seguro.
    -         Vaya, me has pillado.
    -         Estoy medio dormida.
    -         No seas niña. Solo has hecho una inmersión, asique levántate y en dos minutos nos vemos.

    Con una coleta descuidada, un vestido blanco y una toalla dos veces más grande que yo, llegué al recinto cerrado y vacío donde estaba la piscina.

    -         No hay nadie.
    -         Ya, mejor, porque me debes unas cuantas. – dijo mientras sonreía.

    Abracé la toalla con fuerza, como si fuese un escudo de protección, pero no me sirvió de nada, porque cuando se acercó a mí, la toalla desapareció de mi vista y estaba camino del agua. Un teléfono comenzó a sonar, pero segundos después dejé de escucharlo. Otra vez silencio, frío, falta de oxígeno. Cuando salí a la superficie, vi a Stefan con el móvil en la mano y con cara de circunstancia.

    -         Tengo que cogerlo. En un momento estoy contigo.

    No quería escuchar la conversación, no me interesaba, pero me pareció escuchar que decía “Chu” en algún momento. No podía ser… aunque estaba cansada, me negaba a quedarme allí sin hacer nada. Comencé a nadar a crol. Un largo detrás de otro. Sin parar. Sin contemplaciones. Llegó un momento en el que solo era consciente de los chillidos silenciosos que producían mis brazos. Solo cuando mi cuerpo no dio más de si, paré. Stefan estaba sentado en el borde de la piscina mirándome.

    -         Tienes un buen estilo.
    -         Gracias.

    Quedaba en evidencia que estaba incómodo, que algo había cambiado. Salí del agua, me sequé la cara y cogí el vestido.

    -         Veo que no estas de humor, asique me voy a dormir.

    Ni una sonrisa. Ni una mirada. Ninguna señal de que recordase todos esos besos que hacía minutos tenía escritos en la mirada. Desconcertada, comencé a alejarme de él mientras una película dramática comenzaba a formarse en mi cabeza.

    -         Cassi – me di la vuelta - ¿cenarías conmigo esta noche?
    -         No sé…
    -         Por favor, déjame que te invite a cenar.
    -         mmm… Bueno vale.
    -         Bien – sonrió y añadió – Ponte guapa. Que duermas bien.

    Llegué a la habitación de puro milagro y aproveche el último momento de lucidez que me quedaba para acordarme de poner la alarma a las ocho y media.
    Horas más tarde, después de haberme duchado, peinado y pintado, estaba delante de aquel vestido negro sin saber qué hacer con él. Lo había metido en la maleta para poder estrenarlo, pero después de lo que había pasado no sabía si era lo más adecuado. Me miré al espejo y decidí que daba igual. Que para bien o para mal me lo pondría. Porque me sentaba bien, porque necesitaba sentirme guapa y segura de mí misma. Algo me decía que esa noche no tendría un final bonito.
    A las nueve y media, cuando llegué al banco de siempre y observé su cara de asombro, supe que había acertado. El vestido negro, de palabra de honor, hasta el suelo, quedaba perfecto con los zapatos de ante, un recogido sencillo y aquel medallón de plata que me había traído y regalado después de sus vacaciones en México.
    Descubrimos un restaurante pequeño, íntimo, al lado de la playa. Las mesas eran de madera, en las esquinas de la terraza había antorchas encendidas y la música clásica inundaba el ambiente con violines y contrabajos. La luna se miraba en el reflejo que le proporcionaba el mar teñido de negro. Casi no habíamos hablado, ya que yo no tenía nada que decir, y él parecía otra persona. Al final, hice un esfuerzo para entablar alguna conversación.

    -         ¿Qué tal te ha ido la segunda inmersión? Que al final no me has contado nada, mi padre me ha comentado que la visibilidad dejaba mucho que desear.
    -         Sí, la verdad es que no se veía demasiado, pero nos hemos encontrado un pulpo y tu padre se ha puesto a jugar con él.

    Un camarero muy agradable nos trajo la comida.

    -         Me acuerdo de una vez, que me perdí y me quedé al lado de un hombre. Nos encontramos un pulpo, intentó sacarlo de la cueva y… ¡le arrancó una pata!
    -         Qué bruto.

    Su tono de voz era ausente, sin interés. Cansada de su actitud opte por preguntarle directamente.

    -         ¿Quién te ha llamado antes por teléfono?
    -         Nadie importante. ¿Te gusta la comida? – dijo intentando cambiar de tema.
    -         Era Sofía, ¿verdad?
    -         Yo… bueno… hemos decidido darnos otra oportunidad.
    -         Odio que me mientas.

    Me levanté, me di la vuelta, pero antes de marcharme me dijo:

    -         No hemos terminado de cenar.
    -         Tú no, pero yo sí que he terminado de cenar contigo.

    Me fui. Acabé en la playa, paseando descalza por la orilla. No tenía prisa, la noche era muy larga. Una lágrima que comenzó a resbalar por mi mejilla delató mi frustración y mi rabia. ¿Por qué tenía que ser tan ilusa? Había tenido suficiente. Después de cinco años ya era hora de aprender la lección. No volvería a mentirme. No le dejaría. Me consolaba saber que esa determinación duraría un largo periodo de tiempo. Miré al horizonte sin ver nada. Me quité el medallón. Pase la punta de los dedos por aquel grabado maya que tanto me gustaba. Era un recuerdo de algo pasado. Lo lancé al mar, donde quedaría olvidado. Llegué a la conclusión de que no se podían forzar las cosas. Que sería una relación destinada al fracaso, en la que nunca podría ser feliz… y que no merecía la pena luchar ni desear algo así.

    FIN


    Princess_of_Hell

    miércoles, 2 de febrero de 2011

    5 - Me debes un Beso

    Frío. Tenía mucho frío. Me desabroche el traje para secarme e intentar dejar de tiritar. Varias personas del barco comenzaban a estar visiblemente mareadas. Era imposible hacer la segunda inmersión allí, asique decidieron ir a otro lugar. Me dolía la cabeza, y los saltos periódicos de la embarcación producidos por las olas, no ayudaban a que me sintiera mejor. Me dejaron una toalla, me senté en el suelo y echa un ovillo cerré los ojos. Los abrí unos minutos después e inconscientemente busque a Stefan con la mirada. Para mi sorpresa, estaba muy cerca.
    -         Estás adorable. Me gustaría abrazarte y poder darte calor. – dijo acercándose para hacer solo nuestras sus palabras.
    -         Ojala.
    El lugar al que nos llevaron, era la parte de atrás de un islote que nos protegía del oleaje. El sol había hecho su trabajo. Me encontraba perfectamente, pero no volvería a meterme en el agua. Observé como Stefan ayudaba a su padre a prepararse, como miraba demasiado al interior del barco y como su expresión cambiaba. Sin pensarlo dos veces me acerque.
    -         Déjame que te ayude.
    -         No hace falta.
    -         Mírame. – espere a que lo hiciese -  Yo no me mareo nunca, y tú sí. Después de ayudarle como sigas en plan cabezota te vas a encontrar tan mal que no vas a poder bucear.
    Me miro pensando qué responderme.
    -         Vale.
    -         A ver, súbete el traje que te lo cierro. – lo hice – Venga, siéntate y ponte las aletas. – se las di.
    -         Si señorita.
    -         Qué bobo eres. Ponte el chaleco. Ajústate esto… ¿Dónde tienes las gafas?
    -         Allí.
    -         Toma. – antes de dárselas le dije – Me debes un beso. Bueno, si soy realista me debes muchos.
    -         Vale. Tú ganas.
    Me dio un beso en la mejilla, nos miramos a los ojos, le di las gafas y momentos después, todos habían desaparecido dejando un rastro de burbujas mientras yo estaba tumbada con los ojos cerrados, dejándome acunar por el sonido del mar… Me quede dormida.
    Me despertó una cascada de agua que caía sobre mí.
    -         No puedo creerme que te hayas quedar dormida.
    -         ¿Con qué me has mojado?
    -         Con las gafas.
    Debí de poner cara de circunstancia porque a continuación aclaro:
    -         Las he usado como cubo.
    Le conteste como si fuese obvio:
    -         Claro, ¿cómo sino? – me levante - ¿Hace calor o lo tengo yo?
    -         Si tienes calor, ¿por qué no te vienes al agua conmigo?
    Le mire. A él y al resto. Todos estaban en el lado izquierdo del barco, o bien bañándose o subiendo a este último. En cambio, Stefan estaba en el derecho y no pude recordar el nombre técnico que recibía.
    -         No seas aburrida Cassi.
    Me tire al agua, a su lado. Me quite las trenzas ya estropeadas, y me acerque a él. Estábamos en la proa y nadie podía vernos. Asique aprovechando la situación, me permití ser espontánea. Le pase los brazos alrededor de su cuello para abrazarle de forma superficial, pero él me cogió de la cintura e hizo que nuestros cuerpos quedasen tan pegados que sólo el neopreno se interponía entre los dos. Nos miramos sin decir nada, pero ese momento que a mí me parecía mágico, lo rompieron los adultos.
    -         Vamos chicos. Ir subiendo que nos vamos.
    Cuando iba a separarme, no pude, no me dejo. Me acerco a su cara, sus labios rozaron mi mejilla y antes de liberarme me dijo al oído:
    -         Salvada por la campana. Prepárate, porque esta tarde no escaparás tan fácilmente. Pienso darte todos los besos que te debo.

                                                                                                                 (Continuará)


    Princess_of_Hell

    jueves, 27 de enero de 2011

    4 - Un Mundo Nuevo



    El paisaje de las olas, el movimiento vertical de una montaña rusa, cambió radicalmente en segundos. Todo quedo en silencio. Una visión azul cubrió mi alrededor. El ordenador de mi muñeca, marcaba el aumento de profundidad. Un metro, tres, siete, diez… De forma periódica los oídos empezaban a dolerme por la diferencia de presión y tenía que hacer algo al respecto. Según me iba comprimiendo, el cinturón de plomos me iba quedando más grande, el chaleco ya no lo notaba. Y sobre todo… silencio. Era una sensación de paz indescriptible. Solo se escuchaba el sonido de mi respiración y las burbujas que producía. Los movimientos se hicieron más lentos y de pronto, mis rodillas tocaron el suelo a once metros y medio de profundidad. Ajuste el equipo a mi cuerpo, que se había hecho más pequeño. Mire a mí alrededor. Algunos buzos se estaban marchando, otros seguían descendiendo, y al final, después de un par de vistazos generales, encontré a mi padre.
    Cuando nos reunimos todos comenzamos el paseo, pero nada más girar la roca, un banco de barracudas nos cerraba el paso. Mi padre seguía avanzando, pero yo era incapaz. Sus ojos parecían mirar a la nada. Su forma alargada y su color plateado a veces las hacían invisibles. Pero lo peor de todo era la clara visión de muchísimos dientes afilados.
    Stefan se puso a mi lado. Me dijo por señas que me relajara, y al ver mi cara de susto me cogió de la mano para avanzar juntos. Después de un par de minutos que se me hicieron eternos, las dejamos atrás. Más relajada le solté, le dije que estaba bien y me adelante apara colocarme al lado de mi padre, que era mi compañero.
    Vimos un par de morenas antes de encontrar a un pulpo fuera de su cueva, qué preciosidad. Una de las veces en las que Stefan estaba delante de mí, le cogí una aleta, tiré hacía atrás y cuando me miro con el ceño fruncido me quite el regulador el tiempo necesario como para sacarle la lengua. Más tarde me devolvió la jugada. Alguien me dio un par de golpecitos en el hombro izquierdo. Me gire, me gire, me gire… di una vuelta tontísima sobre mí misma antes de encontrarle al otro lado riéndose. Cruce los brazos como si estuviese enfadada de forma teatral y me fui. Un montón de castañuelas pasaban tranquilamente por nuestro lado. Atrás quedaban anémonas, doradas, doncellas, nudibranquios…
    A lo lejos vimos un agujero negro enorme. Una cueva. Fuimos y entramos. Es muy divertido cuando encuentras una porque al entrar no se ve nada. Es eso, un agujero negro. Se encienden las linternas, se explora y al salir el paisaje te regala una imagen preciosa combinando la luz que se filtra desde la superficie, el negro de alrededor y el fondo marino de fuera.
    Cuando más o menos a todos nos quedaban 100 bares de presión, dimos la vuelta. De camino tuve un percance. En los 25 minutos que llevábamos bajo el agua había visto muchos meros, pero… en ese momento el mero más grande que había visto en mi vida nadaba hacia mí, con esa cara tan horrorosa que tienen y con la boca abierta. Invertí el sentido de la dirección en la que nadaba. En vez de aletear hacia adelante lo hice hacia atrás. Como el pez no cambiaba de dirección, solté un grito involuntario a la vez que me chocaba con mi padre. Cuando tenía al bicho a medio metro de distancia, giro a la derecha y se fue dejándome al borde del infarto. Cuando llegamos a la zona del cabo del ancla nos encontramos con una corriente fortísima. Nos agarramos a la cuerda para no alejarnos mientras hacíamos los tres minutos de descompresión a seis metros. Parecíamos banderas. En medio de ese cúmulo de cuerpos negros, vi que aparecía por detrás de un buzo un pez luna, y como son muy raros de ver, fascinada, avise a los demás para que lo vieran.
    Salir a la superficie significa decir adiós a la tranquilidad. En una hora el mar había cambiado su aspecto por completo. Ya no estaba apacible, se había enfadado.

                                                                                                                (Continuará)

    Princess_of_Hell

    lunes, 24 de enero de 2011

    3 - Agobios Previos


    
    De pronto Helloween inundo la habitación a las 7 de la mañana. Sentí como mi padre se movía en la cama de al lado, pero no se levantó. En cambio yo no tenía otra opción. Apague el despertador. Tenía un gran reto por delante. Desenredar y peinar mi pelo de una forma decente. Rece para que me salieran las trenzas al primer intento.
    Media hora más tarde salíamos por la puerta del apartamento después de conseguir unas trenzas perfectas. Stefan y su padre ya nos estaban esperando en el banco de siempre. Fuimos a un restaurante a desayunar. Estaba tan nerviosa por la expectativa de la doble inversión que apenas comí nada.

    Cuando llegamos al centro de buceo cogí mi maleta y saqué de ella el traje de neopreno. Para poder ponérmelo sin tener que llegar a la desesperación, me hice con unas medias. Entre en el vestuario. Había tres mujeres que debían de ser amigas. Una de ella parecía un poco impertinente, pero solo era una intuición. Estaba poniéndome las medias y todas me miraban con cara rara hasta que una de ellas pregunto:

    -          ¿Por qué te pones eso?
    -          Porque así entra mejor el traje.
    -          ¿Si?
    -          Sí.

    No quedo muy convencida, cosa que cambio cuando tres minutos después salía por la puerta dejándolas luchando con sus respectivos trajes.

    -          Cassi, ves a coger los plomos y ponlos en el carro. – Me dijo mi padre.

    Fui al coche, me puse los escarpines y guarde las zapatillas. Después fui a por lo plomos. En ese momento salía Stefan del baño.

    -          Peluche, ¿cuántos kilos quieres?
    -          Em… 7
    -          ¿Tantos?
    -          Por si acaso.

    Cogí 7 para él y 6 para mí.

    -          ¿Tu 6?
    -          Sí, pero es que yo llevo el semiseco.
    -          Entonces hoy vas todo de rosa. – Se alejó mientras se reía.

    Puse los plomos en el carro de las botellas y me fui a montar el equipo pensando en el rosa. Si hacía recuento… gafas rosas, traje rosa, tubo rosa, aletas transparentes y rosas… nunca utilizaba ese color, pero en el ámbito del buceo me encantaba como quedaba.
    Cogí una de las botellas más pequeñas. Casi todas eran de 15 litros, pero yo solo la necesitaba de 12. Stefan se coloco a mi lado.
    El chaleco ajustado, el regulador principal a la izquierda, la segunda etapa a la derecha, abrir la botella para comprobar el aire… Todo perfecto.

    -          Oye Chu, ¿cómo iba esto?

    Le mire con la suficiente rapidez como para poder ver su cambio de expresión.

    -          Lo siento.
    -          ¿Por qué me has llamado Chu?
    -          Así llamaba a Sofía de forma cariñosa normalmente.
    -          Yo no soy Sofía. – reconocía que no me había sentado muy bien que me llamase así.
    -          Es que me encuentro tan a gusto contigo que se me ha escapado. Lo siento, de verdad.
    -          Ya te vale. A ver, ¿qué quieres?
    -          ¿Cómo pongo esto?

    Me eche a reír. Tenía todos los artilugios en la mano son saber qué hacer con ellos.

    -          Menudo buzo de combate que estas echo. ¿Y así piensas superarme?
    -          No me meto en el agua desde el año pasado. Desde que me saque el curso de buceo no he vuelto
    -          Atiende. La etapa principal va a la izquierda. Tienes la torre dividida en dos. Tres cosas por un lado y una por el otro. Si pones el regulador a la izquierda, automáticamente tienes la posición del resto de las cosas. ¿Ves?
    -          Gracias. Eres un crack. – y me dio un beso en la mejilla.
    -          Si por cada vez que te ayude me vas a dar un beso, pídeme ayuda cuando quieras.

    Nos reímos. Cada uno siguió con lo suyo y quince minutos después ya estábamos en el mar. Una de mis cosas favoritas era la sensación de libertad que daba el barco. El aire en la cara, el agua que te mojaba de vez en cuando… era el momento de relajarse, dejar de pensar y disfrutar del paseo.

    Bucearíamos en una reserva natural, así que en cuanto llegamos, el barco se lleno de actividad. Todos se movían con movimientos torpes, lentos, bruscos. En sus caras se podía empezar a ver el agobio el estrés, la falta de aire, el mareo, la emoción, las prisas. Según iban terminando, se oía un ruido que confirmaba que ya estaban en el agua. El barco se iba vaciando y en el cabo del ancla se iban apareciendo las cabezas de los extraterrestres que esperaban a los demás.

    Saltas. El agua moja el traje, lo penetra, te moja la piel y después de un escalofrío agradeces el frío. El chaleco te oprime el pecho, te ahoga. El pelo, ya mojado, te molesta, el regulador desaparece unos momentos hasta que te das cuenta de  que lo tienes delante. Lo introduces en tu boca para evitar tragar más agua. Agarras la cuerda, desinflas el chaleco… y te hundes.


                                                                                                                     (Continuará)

    Princess_of_Hell

    sábado, 22 de enero de 2011

    2 - Un Bonito Atardecer

    Los pantalones italianos que se compro por su cumpleaños le quedaban genial. El polo negro, conseguía el toque de niño pijo que le caracterizaba, que a su vez, acompañaba a la actitud arrogante. Aquella imagen superficial conseguía esconder a una persona encantadora. Me acerque poco a poco dudando entre dos posibles opciones. Opté por la más casta. Me senté a su lado a 20 cm de distancia.

    -          ¿Qué haces?
    -          Pensar.
    -          ¿Es que tú sabes hacer eso?
    -          Qué graciosa.
    -          No sé, te noto un poco apagado. – era verdad…. Tenía un matiz diferente que no conseguía identificar.
    -          Hace una semana lo deje con Sofía.
    -          ¿Tu novia?
    -          Ex.
    -          Bueno sí. ¿Y eso por qué?
    -          Estaba cansado de discutir con ella. No sabes cómo se puso cuando le dije que me iba a la playa. Además, me dio por seguir tu ejemplo y todo empeoró.
    -          ¿Mi ejemplo? - ¿A qué se refería?
    -          Sabes que una de las cosas que más me gustan de ti es que siempre dices la verdad. Pues eso hice. Le dije que venía contigo. Fue lo que al final hizo que la dejara.
    -          Lo siento.
    -          No lo hagas. Además, por pasar un finde de buceo contigo merece la pena. – sonrió. No sabía qué decir a eso. – Vamos, que te enseño mis super gafas.

    Tenía el don de cambiar radicalmente de tema. Yo con el tiempo había aprendido a perfeccionar el mío de no dejarle hacerlo, pero en ese caso, era mejor dejarlo pasar.
    Le acompañe hasta su coche, y del maletero saco unas gafas enormes. Eran transparentes con el borde amarillo fosforito.

    -          Qué gafas más raras.
    -          Son especiales. Funcionan como una lupa y además con ellas tienes una visión panorámica.
    -          Son bonitas – dije mientras me las probaba. – Me quedan enormes. Es imposible que me encajen en la cara. Me entraría agua.
    -          Es que tienes la cara muy pequeña. Estoy deseando que llegue mañana.
    -          ¿Para comprobar que sigo buceando mejor que tu?
    -          No boba. Para hacerte la vida imposible mientras que asustas con un mero.
    -          Jajaja – tenía razón en lo del mero, pero no iba a dársela - Si me asusto de algo, será de ti.
    -          ¿Me estás llamando feo?
    -          No, solo difícil de ver.

    Nos echamos a reír. El sonido de su móvil nos interrumpió. Un mensaje. Por su cara intuí que era Sofía.

    -          Toma – me daba el móvil.
    -          No…
    -          Léelo.

    Tuve que echarle un vistazo un par de veces. No conseguí entender el por  qué de tantos insultos juntos. Para quitar seriedad a la situación le dije:

    -          ¡Qué boba! Esto es que seguro que se lamenta de haber perdido a un chico tan estupendo como tú.

    Hipé. Una, dos y tres veces como acostumbraba a hacer. Por cada hipo, él ladraba una vez. Me eché a reír. Entonces me miro y me dijo algo que no esperaba.
    -          Me… ¿me das un abrazo?

    Cuando usaba ese tono de niño pequeño, que con el tiempo me había pegado, no podía negarle nada. Era tan, tan… le abracé.

    -          Mi osito de peluche… - dije imitando su voz infantil.

    Tuve que admitirme a mí misma que podría estar una eternidad en sus brazos y no cansarme nunca de ellos. Cuando se puso a guardar las gafas dije:

    -          Te espero en las rocas.
    -          Vale.

    Estaba anocheciendo, y por costumbre, me senté abrazándome las rodillas mirando al mar. Escuche como se acercaba. Me rodeo con sus brazos desde atrás apoyando su cabeza en mi hombro.

    -          Es precioso, ¿verdad?
    -          Si – me contesto al oído.

    Y como si  nos hubiesen sacado de una película romántica, vimos como el horizonte iba cambiando su color anaranjado, mientras el sol se escondía cansado de brillar, el mar se teñía de negro y el cielo se cubría de estrellas.

                                                                                                                  (Continuará)




    Princess_of_Hell

    miércoles, 19 de enero de 2011

    1 - Perdida en un Mar de Canciones


    Era viernes, estaba preparando la maleta y mi padre me llamó:

    -          Cassi, tienes que estar en media hora en la puerta esperándome. Me ha llamado Juan Antonio y nos vamos juntos.
    -          ¿En el mismo coche?
    -          No, cada uno en el suyo, pero hemos quedado en su casa.

    Mi padre se fue y me dejo sin saber de pronto qué meter en la maleta. La ropa que minutos antes me parecía apropiada, se había vuelto fea. Tire todo al suelo, abrí el armario y comencé a sacar ropa nueva. De pronto lo vi. Un vestido que me había comprado hacía unos meses. Todavía tenía la etiqueta, pero era posible que ese fin de semana pudiese estrenarlo. Lo doble cuidadosamente y lo coloque junto a los zapatos a juego. Media hora después ya estábamos en el coche.

    -          Papá, ¿te has acordado de meter mis escarpines? Que la última vez se te olvidaron.
    -          Sí. De todas formas ya que no preparas tú la maleta, no te quejes.

    Puse la radio. En Cadena 100 estaba empezando a sonar una de mis canciones favoritas: “Blanco y Negro” de Malú. Qué canción más apropiada. Cada una de las letras, cada una de las notas, parecían colocadas en el orden exacto para que describiesen mis sentimientos hacia el. Perdida en la voz de la cantante, llegamos a su casa.

    Siempre. Siempre la misma reacción desde hacía cuatro años. Era verle y mi corazón se salía del pecho. Nos dimos dos besos. Cerré los ojos. Olía tan bien… siempre me había sorprendido que no usase colonia. Era inolvidable, y me vinieron recuerdos de cuando iba por la calle y de repente decía: “¡Huele a Stefan!”. En esos momentos di gracias porque ya no me pasase.

    -          Hola ¿Qué tal?
    -          Contentísima. Estoy deseando estar ya en el agua.
    -          Este fin de semana te voy a superar, ya verás.
    -          Sí claro, en tus sueños.
    -          ¡Oye! Qué mala eres. Si estoy echo un profesional. – nos reímos juntos – Además, tengo que probar unas gafas nuevas.
    -          ¿Cómo son?
    -          Luego te las enseño.

    Cuando cada uno se montó en su coche y comenzamos a recorres los 400 kilómetros que nos separaban de la playa, yo ya estaba en las nubes. La mayoría de las canciones que iban inundando el ambiente durante el viaje me recordaban a él. El Arrebato, Maldita Nerea, El Sueño de Morfeo…

    [Princesa testaruda que guarda un secreto, y cierra de un portazo la ventana del deseo]

    Stefan… me encantaba ese nombre. Era poco usual, pero cuando sus padres estuvieron en EE.UU se enamoraron de el. Y yo de su hijo…

    [Puede que en el fondo me haya vuelto un Quijote, soñando que le aman, borracho de ilusiones]

    No tenía remedio. Tenía que reconocer que si durante cuatro años siempre había tenido la misma reacción… tenía que significar algo. Su altura, sus ojos, su sonrisa…

    [Pídeme, la luna llena. Pídeme, la vida entera. Pídeme, lo que tu quieras… por un beso de tu boca yo daría cualquier cosa]

    El mar apareció en el horizonte. Poco después lo teníamos ala izquierda. El mar menor… un día soleado, tranquilo, sereno, feliz. Ideal para sentirse enamorado.

    [Contigo porque me matas, y ahora sin ti ya no vivo. Tú dices blanco, yo digo negro. Tú dices voy, yo digo vengo. Miro la vida en color, y tú en blanco y negro]

    Habíamos llegado. Estábamos en la puerta del centro de buceo. Pasaríamos allí la mayor parte del tiempo.

    -          ¿Qué tal el viaje?
    -          Bien. En las nubes cantado.
    -          ¿Cantando? – me miro raro.
    -          Sí. Es que tengo una voz preciosa. – le respondí y le saqué la lengua.

    Fui a saludar a los dueños. Fueron los minutos suficientes para perderle de vista. ¿Dónde estaba? Le encontré en mi sitio favorito. Estaba sentado en las rocas, mirando al mar. Me quede mirándole en silencio. Era increíble, pero nunca podría ser mío. Hasta lo que sabía, estaba saliendo con una chica. Antes de decidirme a ir y hacerle compañía, estuve unos segundos compadeciéndome de mí misma.

    [Dicen que el amor es suficiente, pero no tengo el valor de hacerle frente. Tú eres quien me hace llorar, pero solo tú me puedes consolar]

                                                                                                                        (Continuará)

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