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Fantasmas Del Ático

miércoles, 16 de marzo de 2011

Inconvenientes de un mal estudio de la Historia

Estaba cansada de historia, de Fernando VII y del Trienio Liberal.  La ventana de mi cuarto me ofrecía una vista espectacular del bosque que rodeaba la casa. A mis padres no se les había ocurrido otra cosa que pasar tres días, los del puente de mayo, en la sierra, justo cuando el martes tenía examen de tres temas de historia. Concentrarse era imposible. Al sol todavía le quedaba dos horas para desaparecer. Me levanté, abrí la ventana y deje que aquel aire limpio, con olor a pino inundase la habitación. Miré al horizonte ensimismada. Unos minutos después me pareció ver algo. Intenté enfocar la imagen, pero estaba demasiado lejos. Daba la sensación de que los árboles se estaban cayendo de forma sucesiva y periódica. Mis padres siempre me habían dicho que era muy curiosa. Tenían razón. Me puse unas botas de montaña, volé escaleras abajo, salí de casa y me introduje en el bosque.  Comencé a correr pero poco tiempo después un zorro me cerró el paso distrayéndome… tenía la mirada inteligente.
-         ¿A dónde te crees que vas?- preguntó. Haciendo caso omiso al animal intenté evitarle – He hecho una pregunta. – insistió consiguiendo que me enfadara.
-         Tengo prisa, asique déjame pasar.
-         Si vienes conmigo te lo pasarás mucho mejor.
Suspiré malhumorada. Me estaba haciendo perder el tiempo.
-         No me interesa. Gracias. – dije secamente.
Le di la espalda y comencé a correr de nuevo.
-         Te matarán. – sentenció el zorro antes de desaparecer.
No había sido una advertencia, ni una suposición, sino una afirmación. Un escalofrío recorrió mi cuerpo, pero algo hizo que siguiese hacia delante. Al poco tiempo se comenzaron a escuchar sonidos extraños. Parecían espadas. Pero eso era imposible. O al menos eso creía. Cuando llegué al claro, me quedé paralizada. Ante mí se extendía miles de conejos vestidos. Algunos luchaban, otros cavaban, otros forjaban y otros, que eran los conejos más grandes que había visto en mi vida, eran los que se encargaban de derribar los árboles. Parecían… ¿agresivos? ¿Adorables? Era difícil clasificar con un solo adjetivo algo así.
-         Perdone señorita, pero no puede estar aquí.
A mi derecha había un conejo con un traje antiguo, gafas y una pluma en la mano.
-         ¿Cómo? ¿Sois franceses? – pregunte sorprendida ante el acento tan marcado que tenía.
-         Oui. – contestó.
-         ¿Qué hacéis aquí? – la curiosidad una vez más, tomó el mando.
-         Nos conocen como los Cien Mil Hijos de San Luis. Pero aquí nuestros hombres suman ciento cuarenta mil. – explicó orgulloso.
-         ¿Pero ese gran ejército no es del siglo XIX? – pregunté una vez más desconcertada. ¡Si lo estaba estudiando para el examen!
-         Claro. Venimos para instaurar el absolutismo.
No daba crédito a lo que estaba oyendo. Aquel conejo debía de estar loco.
-         Señor, estamos en el siglo XXI y vivimos una democracia.
No sé qué pasó, pero el pelo que antes era blanco… ¡Estaba rojo! Como si estuviesen conectados, todos los conejos se tiñeron de rojo y me miraron fijamente. Las palabras del zorro resonaron en mi mente. Justo en el momento en el que pensaba que me iba a convertir en comida para conejo, millones de águilas aparecieron en el cielo. Alguien gritó:
-         ¡Los liberales!
Y todo se volvió del revés, quedando olvidada en medio de una guerra que no era mía. Algo tiró de mi camiseta hacia atrás. Era un mapache. Llevaba una camiseta de Mago de Oz y una bandolera.
-         Sígueme. – no me inspiraba ninguna confianza, pero era la mejor opción que tenía. – Bueno, pequeña saltamontes, ¿te gusta la música de la batalla? – en las batallas hasta el momento, que yo supiese, no había música. Aunque le contesté, pareció no escuchar, porque hizo una pregunta totalmente distinta - ¿Cómo te llamas? Bueno, da igual. Yo soy más importante. Soy Beethoven.
Me salió del alma contestarle:
-         Pero si Beethoven está muerto. – me fulminó con la mirada.
-         Ya. Eso es lo que dice todo el mundo. Esperaba que fueses más inteligente. – nos acercamos a una cascada – Pero ya veo que no. No estoy muerto. Lo que pasó es que un brujo desagradable me convirtió en un mapache inmortal. En fin, no me sirves para nada.
Extendió el brazo hacia mí, puso mirada de loco, una sonrisa malvada y me empujó al río. Mientras me caía por la cascada, pude escuchar su risa en la lejanía.
-         ¡Juas, juas, juas!
Caí al agua fría, que estaba inexplicablemente salada. Me faltaba el aire y en el fondo sabía que no iba a poder llegar a la superficie a tiempo. De pronto, algo me cogió la parte de atrás de la camiseta y me llevó a la orilla. Cuando conseguí dejar de toser, miré a mi salvador. Cuan fue mi sorpresa al encontrarme mirando una morsa rosa con un flequillo rubio teñido. En medio de esa absurda situación, sólo se me ocurrió formular una pregunta igual de absurda.
-         ¿Por qué te tiñes el pelo?
-         Es que mi color natural no era lo suficientemente cool. – contestó para mi sorpresa. Descubrí que era un chico.
-         ¿Y qué haces aquí en vez de en el polo norte?
-         Es que me echaron por ser mejor que ellos. – dijo mientras hacía un movimiento de cabeza y el flequillo se movía con él – No es culpa mía ser tan perfecto. ¿Te gusta mi perfil? – le miré con los ojos como platos.
-         Si claro… em… es tan perfecto como el resto. Gracias, encantada, pero tengo que irme.
Y salí corriendo. No sé de donde salió, pero sin darme un respiro apareció una tortuga corriendo a mi lado. Estaba de pie, era rubia, bueno, más bien rubio, y tenía una pesa en la mano, pata, o lo que sea que tienen las tortugas.
-         Venga, corre, corre, corre más rápido. No, no, vas demasiado despacio. Eres una fracasa peluda.
Me estaba poniendo de los nervios.
-         ¡Para de una vez! Nadie te ha dicho que corras conmigo.
-         ¿Sabes que las proteínas son muy buenas? Deberías tomar más hidratos de carbono, estas muy delgada. Antes de correr siempre me como un brazo de gitano, ¿y tú? ¿Ingieres algo?
Me paré en seco. La tortuga siguió corriendo y antes de perderla de vista grito:
-         Fracasada, ¡estudia historia!
Desconcertada, miré al árbol de al lado. En una de sus ramas, había una lechuza blanca que lucía unas gafas azules preciosas de forma rectangular. Me estaba observando. Después de haberme encontrado a tantos personajillos extraños, no sabía que esperar de ella. Alzó el vuelo y cuando pasó por mi lado me dijo al oído.
-         ¡Despierta!
Me desperté tumbada encima del libro bastante alterada. Miré por la ventana. Estaba cerrada. Había anochecido. Todo había sido un sueño.

Princess_of_Hell

6 comentarios:

  1. Un título muy original para esta historia ^^

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. jaja Me ha encantado! Es muy original y lo de los cien mil hijos de San Luis ha sido todo un puntazo, quien podria pensar que fuesen conejos, aunque ahora tiene logica que fuesen tantos jaja
    Bueno, un saludo! Adioos!!!

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  4. Pero que coño?!?!
    Me ha gustado, pero me he estresado, porque todo el mundo te llamaba fracasada? ¬¬

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  5. Oh, dios, me encanta!!
    Qué casualidad, hoy he hecho un examen de historia!! jajaja
    En serio, es genial :)

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  6. :D :D :D Esta historia siempre me hace reir, pero definitivamente la del papel esta mejor para presentarla al concurso... te gusta mi perfil :D?

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