Llegué a casa. Aquella tarde el camino hasta la librería se
me había hecho eterno. No me apetecía hablar con nadie… y justo en ese momento,
mi madre me interceptó a mitad de camino
de las escaleras.
-
Cielo.
-
Dime.
-
Tienes visita. – y miró hacia la puerta de mi
habitación.
Estupendo. Lo que me faltaba. Aún así… cuando entre en mi
cuarto, me quede sin palabras. ¿Qué hacía él allí? O mejor. Corrijo.
¿Qué hacia él solo en mi habitación?
-
- ¿No ves que en la puerta pone llamar antes de
entrar? Si llamas y no contesta nadie, no puedes pasar.
-
Esa norma te la acabas de inventar. Bueno, ¿a
dónde te habías ido? – me preguntó cambiando de tema. Si las miradas matasen
puede que aquel hubiese sido mi primer asesinato. – Vale, Vale. No contestes. A
ver qué me dices de esto… Como tardabas tanto he leído tu libro de historias.
-
¿QUÉ?
-
Anda, cállate, sientate y escucha. – No tuve más
remedio que hacerle caso. De pronto me sentía desnuda, sabía que me había
puesto roja (no sabía si de ira o de vergüenza) y no conseguía emitir ningún
sonido que considerase que tuviese sentido. - ¿Cómo lo haces? ¿Cómo consigues
que tus historias sean tan especiales? Una de las cosas que más me gustan es la
forma en la que evolucionan contigo.
-
No te entiendo.
-
El ejemplo más claro son los lugares. Empiezas
en el instituto…. Luego el escenario cambió a la politécnica… ¿y ahora qué va a
ser? ¿Una universidad con forma de instituto? No me mires así. Es cómo la
describes cuando me hablas de ella. También lo haces con las personas. Según
aparecen y salen de tu vida vas cambiando los personajes.
-
¿Cómo lo sabes?
-
¿Cómo no lo voy a saber?
-
Supongo que me alegro de que te gusten, pero no
tenías que haber leído nada. ¿Sabes lo que es la intimidad? Así que fuera de mi
habitación. No sé qué querías, pero me da igual.
-
De acuerdo, me voy pero… ¿Te cuento un secreto?
Se acercó, me dio un beso en la mejilla y me dijo muy bajito:
-
Eres mi
historia favorita.
Y se fue.








