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Fantasmas Del Ático

lunes, 8 de julio de 2013


 
Era uno de esos días como cualquier otro. Estaba cansada después del trabajo, y el estaba nervioso e inquieto como siempre. Estaba en ese momento del día en el que acaba de anochecer pero todavía había un poco de claridad en las calles, las noticias de la televisión auguraban varias desgracias y cotilleos nuevos, el sofá se convertía en el lugar más cómodo del mundo y mi bol favorito de cereales lucía vacío sobre la mesa del salón. Pero aquella noche acabamos discutiendo. No recuerdo por qué, total, los enfados me duraba segundos, pero esa vez me enfadé de verdad. Y esa noche me acosté decidida a ocupar solo y exclusivamente mi esquina de la cama. Y sumida en mi mal humor me quedé dormida. Y a media noche... me desperté dándome cuenta de que estaba acurrucada entre sus brazos. ¿Cómo había acabado allí? ¿Por qué? En ese momento sentí que había perdido todo mi orgullo y mi dignidad en un segundo. Cerré los ojos muy fuerte para hacerme la dormida. Si me hacía la dormida es como si no contase, ¿no? Como si no fuese consciente de que le estaba abrazando más fuerte para asegurarme de que siempre estaría allí conmigo. Todas las noches. No sabía con certeza si él estaba dormido. Algo me decía que no. Pero daba igual. Ya intentaría recordar por qué se suponía que estaba enfadada. Mientras tanto, esa noche, los dos jugamos ha hacernos los dormidos mientras nuestros sueños se entrelazaban.


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