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Fantasmas Del Ático

viernes, 27 de noviembre de 2015

Pregunta equivocada



Aquella mañana gélida de sábado, decidió mientras se preparaba un buen café caliente en su taza favorita, que se sentaría a intentar poner palabras a aquello que sentía y no entendía. Cogió su viejo portátil, se acurruco en una esquina de la cama y tecleó en un buscador de internet esa palabra que tanto estaba de moda: “friendzone”
Al final lo único que le quedó claro después de consultar varias páginas y leer algunos artículos que la había parecido mínimamente interesantes… es que la famosa zona de la amistad tiene lugar cuando una de las dos partes quiere una relación y la otra no.
¿Qué había hecho mal? Ella no quería una relación romántica, pero ¿por qué entonces detestaba tanto ese adjetivo calificativo? ¿Por qué se sentía frustrada y daría lo que fuera porque él nunca hubiese utilizado esa palabra para definirlos?
No podía dejar de indagar en los entresijos de su memoria torpe y selectiva las posibles causas y actos que la habían llevado a esa situación. Su corazón se volvía más arrítmico de lo habitual cuando la abrazaba, la sonreía o simplemente la miraba un par de segundos más de los que ella consideraba estrictamente necesarios. No estaba segura de si solo era un capricho, cabezonería o algo más, pero no se conformaba con la definición de amiga. Porque por más que quisiera negarlo… era incapaz de tratarle como tal. Había algo. No sabía el qué. Pero la idea de que no existiese formaba una pequeña grieta que no sabía cómo evitar. O peor aún… no sabía cómo reparar.
Era incapaz de decirle directamente que no quería solo su amistad, pero que tampoco le quería a él. Pero que sí deseaba un contrato invisible en el cual esa sonrisa no fuese de otra cada fin de semana que salía de fiesta con sus amigos.

Recordó la conversación del día anterior:

-          - Volveré a repetir la pregunta del otro día, por si tu respuesta ha cambiado. ¿Te gusto?
-         +  Cada día me gustas menos pero me atraes más.

Una lágrima traicionera escapó sin previo aviso. Se dio cuenta de que no quería atraerle. Eso podía hacerlo en cualquier momento con cualquier persona con un vestido y unos tacones bonitos.
Quería cada día gustarle un poco más. Y seguía sin poder responder a qué es lo que estaba haciendo mal a pesar de que sabía… que esa no era la pregunta correcta.
Disgustada se deslizó bajo el edredón y se escondió del mundo.

La costaba asumir que aquella vez tenía que perder de nuevo. 


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