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    Fantasmas Del Ático

    miércoles, 30 de marzo de 2011

    El eco de los Besos

    La luz del día atraviesa las cortinas blancas de la habitación, convirtiendo el negro de la noche en el morado que en realidad cubre las paredes. La cama está hecha. Los tonos lila, berenjena y marfil se entremezclan sin miedo dibujando formas extrañas y enigmáticas en el edredón. Toda la casa está en completo silencio. Hace mucho que sus paredes no escuchan una risa. El calendario afirma que hoy es el peor día de la semana, sábado. El día en el que nadie se acuerda de mí, en el que no tengo nada que hacer y el día en el que los parques están atestados de personas felices. De sonrisas que me hacen daño a la vista. Mi plan es el de siempre. Estaré todo el día tumbada, mirando al techo, al lado de aquel teléfono antiguo que compré por la estúpida razón de que me recordaba a ti.
    Cierro los ojos y te imagino. Podría creerme que es verdad que estás conmigo, que te tumbas a mi lado. Ya puedo sentir como cede la cama bajo el peso de tu cuerpo, como escucho el sonido acompasado de tu respiración, como te acercas a mí y me acaricias con suavidad. Puedo sentir como me retiras ese mechón rebelde de pelo negro que siempre tiene la posición exacta para hacer que lo mires con cara de enfado y luego lo retires triunfante. Te acercas, rozas mis labios con los tuyos. Sabes a tabaco y a hierbabuena. Como siempre. Por un momento soy feliz, tengo ganas de sonreír, pero cuando levanto la mano para tocarte, solo encuentro nada. Sí, nada. Sigo sola en aquella habitación olvidada. Me rozo los labios con los dedos, porque aunque tú no estés, sigo conservando y recordando esa mezcla de sabores. Porque…

    Aunque los besos se diluyan con el tiempo, su eco persiste.



    Princess_of_Hell

    martes, 29 de marzo de 2011

    Trece Tulipanes para Ti

    Eran las seis de la mañana. Estaba en aquel pasillo oscuro de aquel familiar edificio. No me gustaba pedir favores, y menos si eran en repetidas ocasiones. En este caso, era la segunda. La batalla contra esos chucos malolientes había finalizado cerca de su casa y como estaba cansado, débil y cubierto de sangre, cuando los rayos del alba comenzaron a aparecer amenazantes en el horizonte, tuve que rendirme ante mi orgullo e ir  buscarla de nuevo.
    Cuando abrió la puerta medio dormida, llegué a la conclusión de que era un estúpido. ¿Cómo se me había ocurrido una idea tan…? Estaba seguro de que cerraría la puerta aterrada. Pero no.
    -         ¿Qué haces aquí?
    Tenía la mirada suspicaz, pero me sorprendió diciendo:
    -         Pasa, que parece que estas a punto de caerte al suelo.
    -         Gracias – musité.
    Cuando cerró la puerta, sin decir nada, se aseguró de cerrar bien todas las persianas, fue al baño, escuché el sonido del agua al caer y salió con una toalla en la mano.
    -         El baño es todo tuyo. Tómate tu tiempo – sonrió.
    Ni una pregunta, ni una explicación, ni un grito, ni una mirada de asco, ni de miedo. De pronto me sentí de verdad muy agradecido y también, desconcertado.
    -         ¿Por qué haces esto? ¿Por qué no me echas? ¿Por qué me ayudas?
    Se encogió de hombros.
    -         No sé. ¿Por qué has venido?
    Buena pregunta. No tenía respuesta. La contemplé allí, con la toalla en la mano. La había echado de menos. Hacía un mes desde que la había encontrado y…  utilizado. Qué bonita realidad. Era guapísima, y aquella noche me alimenté de ella y pasé la noche en su cama sin pedir permiso. Sólo había quedado un detalle importante sin resolver. Inconscientemente había vuelto a buscarla. La había cogido cariño. Puag. Cariño a la comida… pero es que tenía algo especial. Pero eso no tenía intención de decírselo.
    -         He preguntado yo primero – contraataqué.
    -         Bueno… supongo que fue amor al primer mordisco. – me guiñó un ojo, me lanzó la toalla y desapareció en la cocina.
    Imposible. No debería recordar nada de eso. Cansado y sucio, decidí ocuparme de eso después del baño. Al poco tiempo, volvió a aparecer sonriente por la puerta con un chándal.
    -         Ponte esto. Creo que te valdrá.
    Cogió mi ropa ensangrentada y se la llevó. Seguía siendo todo un misterio su actitud. Cerré los ojos. Se me ocurrió una idea. Me concentré en ella, en su cuerpo, en el ruido de sus pies descalzos al andar. Estaba en la cocina. Hice aparecer un tulipán rojo delante de ella. Al poco tiempo, se desplazó al salón. Apareció un tulipán rojo en el sofá. Sentí como iba a la habitación. Dos tulipanes más aparecieron sobre la cama. Y el juego duró hasta el tulipán número trece. Entonces me regaló una imagen más de su perfecta figura. Se había cambiado de ropa y traía los tulipanes en la mano formando un ramo.
    -         ¿Se puede saber qué haces? No quiero convertir mi casa en una floristería.
    Me eché a reír. Con  naturalidad, sin esconder los colmillos.
    -         Vaya lo siento. Mientras que te regalo la flor del amor eterno, ¿tú piensas en negocios? ¡Qué materialistas sois en el siglo XXI!
    -         Gracias. Pero basta. Una flor está bien, pero trece... ya me ha quedado claro que los trucos de magia se te dan muy bien.
    Se fue. Me apresuré en vestirme para ir a buscarla. La encontré llenando un jarrón de agua. Más tarde, colocó cuidadosamente los tulipanes en él, y lo puso en medio de la mesa del salón.
    -         Eres una mentirosa. Si no te gustasen los tulipanes no te tomarías tantas molestias.
    -         Ya, pero eso no es de tu incumbencia. Además, todavía no me has contestado.
    -         ¿A qué?
    -         ¿Por qué has venido aquí?
    -         Necesitaba librarme del sol.
    -         ¿Y cuándo te vas a ir? – dijo con un pequeño tono de impotencia escondido.
    -         En cuanto se vaya el sol.
    -         Vale… pues… no sé… ¿qué quieres hacer el resto del día?
    Me quedé pensativo. Se me ocurrió un plan perfecto. Sonreí y la pregunté:
    -         ¿De verdad quieres saberlo?
    -         Sí, claro. Sino no te hubiese preguntado.
    -         Quiero hacerte el amor.



    Princess_of_Hell

    miércoles, 23 de marzo de 2011

    6 - Sin Finales Bonitos

    Continuación de la historia de un "Fin de semana de Buceo". Capítulo anterior:




    Aquella tarde, cuando llegué al apartamento, me dejé caer en la cama. Habíamos llegado a puerto, recogido todo el equipo y el restaurante había comenzado a dar vueltas a mí alrededor por culpa de la siesta en el barco. Diez escasos minutos después, sonó mi móvil. Mi padre ya estaba dormido. Era Stefan.

    -         ¿Bajas un rato a la piscina?
    -         ¿Estás loco? Planeas matarme de cansancio, seguro.
    -         Vaya, me has pillado.
    -         Estoy medio dormida.
    -         No seas niña. Solo has hecho una inmersión, asique levántate y en dos minutos nos vemos.

    Con una coleta descuidada, un vestido blanco y una toalla dos veces más grande que yo, llegué al recinto cerrado y vacío donde estaba la piscina.

    -         No hay nadie.
    -         Ya, mejor, porque me debes unas cuantas. – dijo mientras sonreía.

    Abracé la toalla con fuerza, como si fuese un escudo de protección, pero no me sirvió de nada, porque cuando se acercó a mí, la toalla desapareció de mi vista y estaba camino del agua. Un teléfono comenzó a sonar, pero segundos después dejé de escucharlo. Otra vez silencio, frío, falta de oxígeno. Cuando salí a la superficie, vi a Stefan con el móvil en la mano y con cara de circunstancia.

    -         Tengo que cogerlo. En un momento estoy contigo.

    No quería escuchar la conversación, no me interesaba, pero me pareció escuchar que decía “Chu” en algún momento. No podía ser… aunque estaba cansada, me negaba a quedarme allí sin hacer nada. Comencé a nadar a crol. Un largo detrás de otro. Sin parar. Sin contemplaciones. Llegó un momento en el que solo era consciente de los chillidos silenciosos que producían mis brazos. Solo cuando mi cuerpo no dio más de si, paré. Stefan estaba sentado en el borde de la piscina mirándome.

    -         Tienes un buen estilo.
    -         Gracias.

    Quedaba en evidencia que estaba incómodo, que algo había cambiado. Salí del agua, me sequé la cara y cogí el vestido.

    -         Veo que no estas de humor, asique me voy a dormir.

    Ni una sonrisa. Ni una mirada. Ninguna señal de que recordase todos esos besos que hacía minutos tenía escritos en la mirada. Desconcertada, comencé a alejarme de él mientras una película dramática comenzaba a formarse en mi cabeza.

    -         Cassi – me di la vuelta - ¿cenarías conmigo esta noche?
    -         No sé…
    -         Por favor, déjame que te invite a cenar.
    -         mmm… Bueno vale.
    -         Bien – sonrió y añadió – Ponte guapa. Que duermas bien.

    Llegué a la habitación de puro milagro y aproveche el último momento de lucidez que me quedaba para acordarme de poner la alarma a las ocho y media.
    Horas más tarde, después de haberme duchado, peinado y pintado, estaba delante de aquel vestido negro sin saber qué hacer con él. Lo había metido en la maleta para poder estrenarlo, pero después de lo que había pasado no sabía si era lo más adecuado. Me miré al espejo y decidí que daba igual. Que para bien o para mal me lo pondría. Porque me sentaba bien, porque necesitaba sentirme guapa y segura de mí misma. Algo me decía que esa noche no tendría un final bonito.
    A las nueve y media, cuando llegué al banco de siempre y observé su cara de asombro, supe que había acertado. El vestido negro, de palabra de honor, hasta el suelo, quedaba perfecto con los zapatos de ante, un recogido sencillo y aquel medallón de plata que me había traído y regalado después de sus vacaciones en México.
    Descubrimos un restaurante pequeño, íntimo, al lado de la playa. Las mesas eran de madera, en las esquinas de la terraza había antorchas encendidas y la música clásica inundaba el ambiente con violines y contrabajos. La luna se miraba en el reflejo que le proporcionaba el mar teñido de negro. Casi no habíamos hablado, ya que yo no tenía nada que decir, y él parecía otra persona. Al final, hice un esfuerzo para entablar alguna conversación.

    -         ¿Qué tal te ha ido la segunda inmersión? Que al final no me has contado nada, mi padre me ha comentado que la visibilidad dejaba mucho que desear.
    -         Sí, la verdad es que no se veía demasiado, pero nos hemos encontrado un pulpo y tu padre se ha puesto a jugar con él.

    Un camarero muy agradable nos trajo la comida.

    -         Me acuerdo de una vez, que me perdí y me quedé al lado de un hombre. Nos encontramos un pulpo, intentó sacarlo de la cueva y… ¡le arrancó una pata!
    -         Qué bruto.

    Su tono de voz era ausente, sin interés. Cansada de su actitud opte por preguntarle directamente.

    -         ¿Quién te ha llamado antes por teléfono?
    -         Nadie importante. ¿Te gusta la comida? – dijo intentando cambiar de tema.
    -         Era Sofía, ¿verdad?
    -         Yo… bueno… hemos decidido darnos otra oportunidad.
    -         Odio que me mientas.

    Me levanté, me di la vuelta, pero antes de marcharme me dijo:

    -         No hemos terminado de cenar.
    -         Tú no, pero yo sí que he terminado de cenar contigo.

    Me fui. Acabé en la playa, paseando descalza por la orilla. No tenía prisa, la noche era muy larga. Una lágrima que comenzó a resbalar por mi mejilla delató mi frustración y mi rabia. ¿Por qué tenía que ser tan ilusa? Había tenido suficiente. Después de cinco años ya era hora de aprender la lección. No volvería a mentirme. No le dejaría. Me consolaba saber que esa determinación duraría un largo periodo de tiempo. Miré al horizonte sin ver nada. Me quité el medallón. Pase la punta de los dedos por aquel grabado maya que tanto me gustaba. Era un recuerdo de algo pasado. Lo lancé al mar, donde quedaría olvidado. Llegué a la conclusión de que no se podían forzar las cosas. Que sería una relación destinada al fracaso, en la que nunca podría ser feliz… y que no merecía la pena luchar ni desear algo así.

    FIN


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