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Fantasmas Del Ático

miércoles, 23 de marzo de 2011

6 - Sin Finales Bonitos

Continuación de la historia de un "Fin de semana de Buceo". Capítulo anterior:




Aquella tarde, cuando llegué al apartamento, me dejé caer en la cama. Habíamos llegado a puerto, recogido todo el equipo y el restaurante había comenzado a dar vueltas a mí alrededor por culpa de la siesta en el barco. Diez escasos minutos después, sonó mi móvil. Mi padre ya estaba dormido. Era Stefan.

-         ¿Bajas un rato a la piscina?
-         ¿Estás loco? Planeas matarme de cansancio, seguro.
-         Vaya, me has pillado.
-         Estoy medio dormida.
-         No seas niña. Solo has hecho una inmersión, asique levántate y en dos minutos nos vemos.

Con una coleta descuidada, un vestido blanco y una toalla dos veces más grande que yo, llegué al recinto cerrado y vacío donde estaba la piscina.

-         No hay nadie.
-         Ya, mejor, porque me debes unas cuantas. – dijo mientras sonreía.

Abracé la toalla con fuerza, como si fuese un escudo de protección, pero no me sirvió de nada, porque cuando se acercó a mí, la toalla desapareció de mi vista y estaba camino del agua. Un teléfono comenzó a sonar, pero segundos después dejé de escucharlo. Otra vez silencio, frío, falta de oxígeno. Cuando salí a la superficie, vi a Stefan con el móvil en la mano y con cara de circunstancia.

-         Tengo que cogerlo. En un momento estoy contigo.

No quería escuchar la conversación, no me interesaba, pero me pareció escuchar que decía “Chu” en algún momento. No podía ser… aunque estaba cansada, me negaba a quedarme allí sin hacer nada. Comencé a nadar a crol. Un largo detrás de otro. Sin parar. Sin contemplaciones. Llegó un momento en el que solo era consciente de los chillidos silenciosos que producían mis brazos. Solo cuando mi cuerpo no dio más de si, paré. Stefan estaba sentado en el borde de la piscina mirándome.

-         Tienes un buen estilo.
-         Gracias.

Quedaba en evidencia que estaba incómodo, que algo había cambiado. Salí del agua, me sequé la cara y cogí el vestido.

-         Veo que no estas de humor, asique me voy a dormir.

Ni una sonrisa. Ni una mirada. Ninguna señal de que recordase todos esos besos que hacía minutos tenía escritos en la mirada. Desconcertada, comencé a alejarme de él mientras una película dramática comenzaba a formarse en mi cabeza.

-         Cassi – me di la vuelta - ¿cenarías conmigo esta noche?
-         No sé…
-         Por favor, déjame que te invite a cenar.
-         mmm… Bueno vale.
-         Bien – sonrió y añadió – Ponte guapa. Que duermas bien.

Llegué a la habitación de puro milagro y aproveche el último momento de lucidez que me quedaba para acordarme de poner la alarma a las ocho y media.
Horas más tarde, después de haberme duchado, peinado y pintado, estaba delante de aquel vestido negro sin saber qué hacer con él. Lo había metido en la maleta para poder estrenarlo, pero después de lo que había pasado no sabía si era lo más adecuado. Me miré al espejo y decidí que daba igual. Que para bien o para mal me lo pondría. Porque me sentaba bien, porque necesitaba sentirme guapa y segura de mí misma. Algo me decía que esa noche no tendría un final bonito.
A las nueve y media, cuando llegué al banco de siempre y observé su cara de asombro, supe que había acertado. El vestido negro, de palabra de honor, hasta el suelo, quedaba perfecto con los zapatos de ante, un recogido sencillo y aquel medallón de plata que me había traído y regalado después de sus vacaciones en México.
Descubrimos un restaurante pequeño, íntimo, al lado de la playa. Las mesas eran de madera, en las esquinas de la terraza había antorchas encendidas y la música clásica inundaba el ambiente con violines y contrabajos. La luna se miraba en el reflejo que le proporcionaba el mar teñido de negro. Casi no habíamos hablado, ya que yo no tenía nada que decir, y él parecía otra persona. Al final, hice un esfuerzo para entablar alguna conversación.

-         ¿Qué tal te ha ido la segunda inmersión? Que al final no me has contado nada, mi padre me ha comentado que la visibilidad dejaba mucho que desear.
-         Sí, la verdad es que no se veía demasiado, pero nos hemos encontrado un pulpo y tu padre se ha puesto a jugar con él.

Un camarero muy agradable nos trajo la comida.

-         Me acuerdo de una vez, que me perdí y me quedé al lado de un hombre. Nos encontramos un pulpo, intentó sacarlo de la cueva y… ¡le arrancó una pata!
-         Qué bruto.

Su tono de voz era ausente, sin interés. Cansada de su actitud opte por preguntarle directamente.

-         ¿Quién te ha llamado antes por teléfono?
-         Nadie importante. ¿Te gusta la comida? – dijo intentando cambiar de tema.
-         Era Sofía, ¿verdad?
-         Yo… bueno… hemos decidido darnos otra oportunidad.
-         Odio que me mientas.

Me levanté, me di la vuelta, pero antes de marcharme me dijo:

-         No hemos terminado de cenar.
-         Tú no, pero yo sí que he terminado de cenar contigo.

Me fui. Acabé en la playa, paseando descalza por la orilla. No tenía prisa, la noche era muy larga. Una lágrima que comenzó a resbalar por mi mejilla delató mi frustración y mi rabia. ¿Por qué tenía que ser tan ilusa? Había tenido suficiente. Después de cinco años ya era hora de aprender la lección. No volvería a mentirme. No le dejaría. Me consolaba saber que esa determinación duraría un largo periodo de tiempo. Miré al horizonte sin ver nada. Me quité el medallón. Pase la punta de los dedos por aquel grabado maya que tanto me gustaba. Era un recuerdo de algo pasado. Lo lancé al mar, donde quedaría olvidado. Llegué a la conclusión de que no se podían forzar las cosas. Que sería una relación destinada al fracaso, en la que nunca podría ser feliz… y que no merecía la pena luchar ni desear algo así.

FIN


Princess_of_Hell

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